Audio: https://clyp.it/cru00ivz
Julio A. López, editor jefe. — El mapa de proyectos de transporte de gas en Venezuela revela mucho más que una red de tuberías. Muestra, en realidad, la magnitud del desafío que enfrenta el país para convertir enormes recursos gasíferos en un suministro eficaz para hogares, industrias, plantas eléctricas, complejos petroquímicos y, eventualmente, para mercados de exportación.
La primera conclusión surge de la propia geografía. Las mayores oportunidades de crecimiento se concentran en el oriente venezolano y en la costa afuera: Plataforma Deltana, Dragón, Patao, Mejillones y Río Caribe, además del eje de Güiria, Margarita y Cumaná. Sin embargo, una parte sustancial de los grandes centros de consumo y de la infraestructura industrial se encuentra a cientos de kilómetros al oeste.
Ese desequilibrio entre donde está el gas y donde se consume constituye uno de los principales problemas estructurales de la industria venezolana.
El mapa distingue los gasoductos existentes de múltiples sistemas futuros: adecuaciones del transporte, el Eje Norte Llanero, el corredor Orinoco-Apure, Sinorgas, tramos visualizados y gasoductos marinos. En conjunto, el diseño refleja la aspiración de construir una verdadera columna vertebral gasífera nacional.
Pero también deja al descubierto algo más importante: Venezuela todavía no dispone de una red plenamente integrada capaz de conectar con suficiente flexibilidad sus nuevas fuentes de producción con todos sus grandes mercados internos.
El corredor existente atraviesa buena parte del norte del país y conecta áreas como Maracaibo, Río Seco, Morón, Yaritagua, Guacara, Caracas, Altagracia, Anaco y Maturín. Sobre esa estructura se presentan proyectos destinados a reforzar las conexiones hacia los Llanos, el sur industrial y las áreas costa afuera.
El punto estratégico está en el oriente.
La conexión de los campos marinos con Güiria y, posteriormente, con el sistema terrestre permitiría convertir los recursos offshore en moléculas disponibles para el mercado nacional. Desde allí, el gas podría alimentar el eje industrial oriental, respaldar la generación eléctrica y avanzar hacia el centro del país.
Sin embargo, el mapa evidencia que desarrollar un campo no basta. Un yacimiento sin infraestructura de evacuación puede tener un enorme valor geológico y un escaso valor comercial inmediato. Para monetizar el gas, se requieren simultáneamente producción, tratamiento, compresión, gasoductos, estaciones, almacenamiento, contratos y consumidores capaces de pagar por el suministro.
La segunda gran lectura aparece en el centro y occidente. Las conexiones proyectadas hacia Barquisimeto, Barinas, Santa Inés, Puerto Nutrias, La Fría y El Piñal sugieren una estrategia para extender el gas a regiones históricamente menos integradas al sistema principal. Esto podría modificar la matriz energética de importantes corredores industriales y agrícolas.
También destaca la relación con el sistema eléctrico. Venezuela cuenta con plantas termoeléctricas que requieren un suministro estable de gas. Cuando la molécula no llega, la generación puede depender de combustibles líquidos más costosos y valiosos para otros usos. Por eso, ampliar la red gasífera no constituye solo una política petrolera: también representa una política eléctrica, industrial y fiscal.
El tercer elemento es geopolítico.
La Plataforma Deltana y los desarrollos marinos del noreste de Venezuela la sitúan ante una nueva realidad regional. Trinidad y Tobago necesita moléculas para sostener su infraestructura de procesamiento y de GNL; Guyana expande aceleradamente su industria offshore; y Surinam avanza como nueva frontera energética. El oriente venezolano ya no puede analizarse únicamente desde Caracas. Forma parte de una provincia energética atlántica mucho mayor.
Es precisamente lo que hemos definido como el Arco Energético del Atlántico: la franja que se extiende desde el oriente de Venezuela y Trinidad y Tobago hasta Guyana y Surinam.
Desde esa perspectiva, el mapa adquiere otro significado. Los gasoductos marinos hacia los campos orientales no son simples obras nacionales. Pueden convertirse en los primeros eslabones de una arquitectura energética regional capaz de conectar reservas venezolanas, infraestructura trinitense, nuevos desarrollos offshore y mercados atlánticos.
Pero existe una advertencia fundamental. Buena parte de lo mostrado corresponde a proyectos futuros, tramos visualizados o infraestructura cuya condición operativa real debe evaluarse técnicamente. Un mapa de planificación no equivale a la capacidad disponible.
La conclusión es contundente: el gran desafío gasífero de Venezuela no consiste solamente en demostrar cuánto gas posee, sino en construir el sistema que permita moverlo.
