Zombis al mando

Opinión

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Roberto Smith Perera.- El comando opositor venezolano parece haberse convertido en una organización atrapada en el pasado. Durante más de dos décadas construyó una maquinaria de resistencia política y electoral que, en determinados momentos, logró movilizar a millones de venezolanos. Pero hoy, frente a una Venezuela colapsada, esa misma estructura parece incapaz de adaptarse a una nueva realidad.

En el mundo moderno, el desempeño se mide en tiempo real. Las grandes empresas tecnológicas sobreviven porque evalúan los resultados actuales, no las glorias pasadas. En cambio, las organizaciones que se aferran eternamente a antiguos liderazgos terminan convirtiéndose en estructuras rígidas, incapaces de responder a los cambios.

Eso parece estar ocurriendo en buena parte de la dirigencia opositora venezolana.

Después de 26 años de crisis, no existe una verdadera recalificación política basada en resultados. Los mismos liderazgos, los mismos discursos y rituales continúan dominando la escena, aun cuando el país exige respuestas distintas y soluciones inmediatas.

A esa parálisis se suma un fenómeno ideológico que prioriza el simbolismo político por encima de la reconstrucción práctica del país. El debate público sigue girando casi exclusivamente en torno a elecciones, cronogramas y disputas de legitimidad, mientras millones de venezolanos enfrentan apagones, inflación, migración forzada y deterioro institucional.

El problema no es la democracia ni las elecciones. El problema es convertirlas en un fin absoluto mientras se posterga indefinidamente la reconstrucción nacional.

Durante años se instaló la idea de que cualquier propuesta de estabilización inmediata o de transición pragmática equivalía a “colaboracionismo”. Hablar de reorganizar instituciones, atraer inversiones o reconstruir servicios públicos suele generar más sospechas políticas que apoyo nacional.

Mientras tanto, el país continúa deteriorándose.

Existe, además, un choque profundo entre una dirigencia anclada en discursos ideológicos y una sociedad agotada que solo exige soluciones reales: empleo, estabilidad, electricidad, agua, seguridad y crecimiento económico.

Las encuestas reflejan precisamente ese agotamiento. La población parece cada vez menos interesada en discursos simbólicos y más enfocada en resultados concretos. El venezolano común no vive pendiente de debates teóricos; vive pendiente de sobrevivir.

En ese contexto, también surge una contradicción incómoda dentro del liderazgo opositor: sectores importantes continúan viendo con desconfianza cualquier acercamiento pragmático hacia actores internacionales capaces de influir en la estabilización del país, incluso cuando estos controlan buena parte de la realidad geopolítica y económica venezolana actual.

El debate, entonces, deja de ser únicamente político. Se convierte en un problema de capacidad de construcción a nivel nacional.

La gran pregunta ya no es solo quién gobierna, sino quién tiene un plan viable para reconstruir Venezuela.

Porque cambiar nombres o figuras en el poder no resolverá automáticamente el colapso institucional, la destrucción económica ni la crisis de los servicios públicos. Reconstruir un país exige mucho más que consignas electorales. Exige visión estratégica, estabilidad, inversión, reorganización institucional y capacidad técnica.

Por eso comienzan a surgir propuestas orientadas a un enfoque distinto: estabilizar primero, reconstruir después y crear las condiciones para instituciones verdaderamente funcionales y sostenibles.

La discusión ya no puede limitarse únicamente a la confrontación política tradicional. Venezuela enfrenta un desafío de ingeniería nacional, económica e institucional a gran escala.

Mientras parte de la dirigencia continúa atrapada en viejos esquemas, buena parte del país parece haber entrado en otra etapa mental: menos ideológica y mucho más pragmática.

Los venezolanos no piden discursos heroicos eternos. Piden un país que vuelva a funcionar.

Y quizás allí radica la mayor desconexión entre la vieja política y la realidad nacional actual.

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