¿Qué haremos nosotros?

Opinión

Héctor Sánchez, Sociólogo.- Imaginemos por un instante el siguiente escenario: llegan las elecciones de medio término en los Estados Unidos y Donald Trump sufre una derrota estrepitosa, tal como lo anticipan los sondeos que reflejan el descontento de seis de cada 10 estadounidenses. En ese contexto, lo más probable es que el mandatario sea objeto de un inmediato procedimiento de destitución o impeachment.

Dada la condición de potencia de Washington, las ondas de choque impactarían a escala global; sin embargo, en Venezuela, los efectos tendrían matices de una tragicomedia particular. Surge entonces la pregunta ineludible: ¿cuál sería la reacción de nuestra dirigencia política, tanto del oficialismo como de la oposición?

Esta no es una interrogante trivial. Tras los convulsos sucesos de enero ─marcados por la violación de la soberanía, el secuestro de Nicolás Maduro y la instauración de un gobierno encargado─, ambas facciones han capitulado ante los designios de la Casa Blanca.

Observamos a diario una competencia de sumisión: oficialismo y oposición rivalizan por demostrar quién ejecuta mejor el «plan de las tres fases» (estabilización, recuperación y transición), una hoja de ruta diseñada íntegramente en Washington que hoy dicta cada movimiento de nuestra clase política entreguista. La duda persiste: ante un cambio de mando en el Norte, ¿recuperarían estos actores el sentido de la soberanía, o simplemente correrían a ver quién se arrodilla con mayor gracia ante el nuevo inquilino del Despacho Oval?

La genuflexión no es un error de cálculo, sino un método sistemático. Mientras el gobierno encargado entrega la soberanía mediante reformas legales en áreas estratégicas como el petróleo y la minería bajo tutela extranjera, la oposición se limita a criticar que dicha entrega no sea lo suficientemente expedita. Es, en esencia, un casting de vasallaje.

Irónicamente, mientras nuestra élite se aferra a los documentos «desclasificados» de la CIA que Trump utiliza para denunciar complots ─como los supuestos hackeos a través de Smartmatic─, los propios expertos de inteligencia estadounidenses advierten que tales pruebas son limitadas, carecen de evidencia concluyente y, a menudo, son meras herramientas de desinformación para el consumo interno.

Sin embargo, existe un escenario aún más perturbador: ¿qué sucedería si Trump decide desconocer los resultados o suspender los comicios argumentando razones de seguridad nacional? No es una conjetura infundada. El mandatario ya está preparando el terreno para subvertir el proceso, sembrando dudas sobre la integridad del sistema, despidiendo al liderazgo de la Comisión Federal de Asistencia Electoral e impulsando leyes como la SAVE Act para restringir el voto. Analistas advierten que Trump no solo busca ganar, sino consolidar un control absoluto sobre su partido para convertirlo en su herramienta de protección personal, incluso a costa de destruir la confianza en las instituciones democráticas de su país.

Ante la posibilidad de una deriva autoritaria en la autodenominada “cuna de la democracia”, cabe preguntarse: ¿seguirá la élite venezolana ─políticos, empresarios e influencers─ supeditada ciegamente a un sistema que está desmantelando sus propios contrapesos? ¿Encontrará nuestra clase dirigente un resquicio de dignidad para recordar que la soberanía no es una mercancía negociable?

Es difícil obtener respuestas claras cuando la identidad política de nuestros líderes se construye sobre la conveniencia y no sobre principios. Se disfrazan de tutores del pueblo para justificar su permanencia en la esfera del poder, mientras el «interés superior» que dicen defender no es más que su propia supervivencia política.

Pero hay un factor que esta clase política olvida: el pueblo venezolano no es un rebaño. No somos menores de edad ni ciudadanos incapacitados que requieren tutelaje externo. Somos una sociedad que ha resistido hiperinflación, salarios precarios, sanciones, apagones, gobiernos nefastos, e incluso desastres naturales y terremotos, aprendiendo a organizarse y reconocerse más allá de las banderas impuestas.

Estos años de crisis nos han legado una lección fundamental: el poder originario no reside en Miraflores ni en las cancillerías gringas que hoy se despliegan tanto en la embajada de EE.UU. como en sus distintos aparatos de ejercicio del poder. La fuerza del pueblo venezolano se encuentra en la resistencia cotidiana del pueblo y en la dignidad de quien se niega a ser quebrado. Mientras la cúpula política se arrodilla ante un Washington en conflicto consigo mismo, el pueblo permanece de pie.

En última instancia, que Trump se perpetúe o colapse debería ser para nosotros un dato anecdótico. La verdadera pregunta no es qué harán nuestros dirigentes ─quienes ya han demostrado su vocación de servicio al poder foráneo─, sino qué haremos nosotros.

La solución a nuestra crisis no vendrá de aquellos que compiten por ser el mejor vasallo; vendrá de la base, de quienes comprenden que el interés superior es el de un pueblo que se niega rotundamente a ser tutelado, manipulado y vendido.