«Una potenciación del engaño ocurre en el truco: ese jugador rezongón que ha tirado sus cartas sobre la mesa, puede ser ocultador de un buen juego (astucia elemental) o tal vez nos está mintiendo con la verdad para que descreamos de ella (astucia al cuadrado).»
Jorge Luis Borges
El truco (El idioma de los argentinos, 1928).
José Luis Díaz T.- En el juego de truco, la verdad es un estorbo. Gana el que miente con mejor tono de voz, el que golpea la mesa con la fuerza suficiente para hacer temblar la confianza del contrario, o el que canta un envido sin tener en la mano más que dos cartas desparejas y un as de espadas imaginario.
Si alguien osara exigir que se muestren los naipes antes de tiempo, la respuesta tradicional salta como una bofetada de etiqueta criolla: «¡A las flores no, mal jugador!»
Hay reglas no escritas que protegen el engaño…
Durante más de un decenio, la política venezolana no ha sido una ciencia de administración pública ni una teoría del Estado. Ha sido, con rigurosa precisión de salón de banquetes, una interminable partida de truco jugada a cuatro manos en el bar de mi ahijada Dayana con una cerveza bien fría, mientras afuera el país se derrite a 38 grados a la sombra.
Acto I. El canto del envido de Caracas a Santo Domingo
La temperatura del Salón Blanco en el Palacio de Miraflores, aquel abril de 2014, estaba fijada en unos rigurosos 17 °C. Un termómetro clínico habría indicado que los cancilleres de la Unasur se congelaban en sus trajes oscuros. Afuera, en las calles de Caracas, la inflación acumulada del año cerraría en 68,5% y las barricadas echaban humo negro.
A un lado de la mesa, la oposición llegó a la reunión televisada cantando un envido estruendoso: exigía la liberación inmediata de los detenidos y el fin del modelo económico.
Al otro lado, el gobierno de Nicolás Maduro respondiéndole un cansino y sonriente «Quiero», consciente de que sus cartas, las instituciones, la fuerza pública y el manejo absoluto de la caja de dólares, no necesitaban ser buenas para ser definitivas.
«Nos sentaron allí para que el mundo nos viera hablando, mientras por la puerta trasera sacaban a los muchachos para la celda de La Tumba» , recordaría años más tarde uno de los asesores técnicos de la delegación opositora, sobándose los nudillos curtidos por la espera.
Dos años después, en octubre de 2016, el tablero se trasladó a los salones vaticanos y a las salas VIP de Caracas. El cardenal Claudio María Celli traía la bendición del Papa y una fe que chocó de frente con la astucia caribeña. La oposición, tras la suspensión del referéndum revocatorio, no tenía más opción que subir la apuesta. Pero en el Truco, cuando el rival se sabe dueño del mazo, se da el lujo de la paciencia. La mesa se congeló.
Para fines de 2017, la comitiva rodó hasta el Hotel Jaragua en Santo Domingo. 1.400 kilómetros de distancia no bastaron para ahogar el tufillo a cerveza caliente de la política patria.
El expresidente español José Luis Rodríguez Zapatero repartía los naipes con esa parsimonia diplomática que algunos confundían con mediación y otros con prestidigitación.
Mientras Julio Borges y Jorge Rodríguez medían sus miradas bajo la luz incandescente de los candelabros dominicanos, la inflación en Venezuela cruzaba la barrera del 1.370.000%.
En la mesa se discutían comisiones electorales y garantías jurídicas; en el Boulevard de La Vega, el kilo de queso costaba tres semanas de salario mínimo.
La reunión terminó en febrero de 2018 con un portazo dramático y un borrador de acuerdo firmado por una sola de las partes. Al intentar la oposición reclamar la trampa en la última jugada, la respuesta implícita del oficialismo volvió a retumbar con la elegancia del cinismo tradicional: «A las flores no, mal jugador».
Acto II. Los Tutores lejanos y el Truco transcontinental
Para 2019, la partida había perdido cualquier rasgo de intimidad doméstica. El juego se volvió multitablero y con patrocinadores extranjeros sentados justo detrás de la silla de cada jugador, dictando el lance al oído.
Los mirones ya no son de palo. En Washington, la administración de Donald Trump tuiteaba con la contundencia de quien pretende cantar un «¡Vale Nueve!», sin haber pisado jamás el bar.
«Todas las opciones están sobre la mesa», era el mantra.
Del lado del oficialismo, la vicepresidenta Delcy Rodríguez y su hermano Jorge aprendieron rápidamente a jugar con las cartas del rival. Sabían que en Washington las administraciones cambian cada cuatro años, mientras que en Caracas el poder se ha concebido como una eternidad de bolsillo.
Los emisarios volaron a Oslo.
Allí, los chaceros nórdicos intentaron aplicar la metódica simetría de los tratados de paz europeos a una disputa que se regía por la lógica de la viveza criolla.
¿Cómo explicarle a un diplomático de Oslo que en la política venezolana un apretón de manos no es un compromiso, sino una pausa para aprovechar un descuido y acomodar las cartas debajo de la pierna?
Cuando las sanciones estadounidenses apretaron las tuercas petroleras en agosto de 2019, el oficialismo simplemente se levantó de la mesa en Barbados. El pretexto fue la indignación soberana; la realidad, un simple descarte de baraja. Si no me gusta la mano, tiro las cartas le doy un carajazo a la mesa y grito «barajo».
Acto III. La paradoja de México y los números del desencanto
En el Castillo de Chapultepec, en agosto de 2021, la Plataforma Unitaria y el gobierno firmaron un Memorándum de Entendimiento.
Las fotos de rigor mostraron rostros serios, carpetas de cuero y bolígrafos de marca.
El contraste de magnitudes volvía a ser aplastante:
- 7,7 millones de venezolanos habían cruzado las fronteras a pie, en autobús o en lancha.
- 3.000 millones de dólares congelados en el exterior fueron prometidos en un Fondo de Atención Social administrado por la ONU que navegó durante años en la burocracia internacional sin tocar un solo hospital público. Una mano de Truco de 14 horas de reunión continua por jornada en la capital mexicana producían comunicados de tres párrafos donde la palabra «compromiso» se repetía con la misma insistencia con que se repite una mentira piadosa al pie de un lecho de enfermo.
La figura de Delcy Rodríguez y el equipo oficialista encarnaron la máxima del realismo mágico: la capacidad de convertir el desastre visible en una victoria narrativa. Frente al tutelaje severo de la era Trump y las presiones de la diplomacia estadounidense, la respuesta del gobierno no fue la confrontación suicida, sino la negociación por goteo. Se cambiaron licencias petroleras por licitaciones, prisioneros de alto perfil por respiraderos financieros.
El diálogo no buscaba democratizar el país; buscaba administrar su agonía con orden contable.
No negociaban la paz del país, sino la paulatina conversión del país en una eterna negociación.
Acto IV. El retruécano final: La flor que nunca abre
En los Acuerdos de Barbados de octubre de 2023, la escena pareció repetirse como una pesadilla circular al estilo de Crónica de una muerte Anunciada del Gabo con los gemelos Pedro y Pablo Vicario, par de cuchillos de matar cerdos en mano, gritando a viva voz por todo el pueblo que van a asesinar a Santiago Nasar con la esperanza de que alguien los detenga, impida el homicidio y los libre de la pesada obligación….
Otra vez la bruma marina de Bridgetown, otra vez los apretones de manos frente a los mediadores noruegos, otra vez la promesa de unas elecciones limpias y un futuro donde las cuentas cuadraran.
Pero el juego de Truco tiene una trampa trágica: cuando ambos jugadores se conocen de memoria las señas, el guiño para el as de bastos, el levante de cejas para el siete de espadas, la mueca de desdén para el cinco de oro, la partida deja de ser un juego de estrategia para convertirse en una liturgia vacía
El oficialismo canta Truco. La oposición responde: «Quiero y retruco».
Washington grita: «¡A ley o sin ley, juego y envido!».
Y el pueblo venezolano, sentado en el bar sin luz, sin agua y con un morralito tricolor en el hombro, descubre que las flores que ambos jugadores dicen tener en la mano no son más que flores de plástico depositadas sobre la tumba de la confianza pública.
Ahí reside el retruécano trágico de esta puesta en escena: en Venezuela no se dialoga para resolver la crisis, sino que se crea la crisis para tener siempre algo que dialogar.
Mientras la cúpula política con una Vira, cambió el Perico y la Perica, el ciudadano común no aprende aún la lección más dura del realismo mágico criollo: que en esa mesa donde todos cantan envido con la miseria ajena, el único que paga la caja de cervezas de la apuesta es el que nunca tocó las cartas.
Acto Final. Epílogo conclusivo con grito estentóreo de «Envido la falta», acompañado de golpe seco a la mesa
Por si quedaba alguna esquina de la baraja sin gastar, la función continúa con el sainete más reciente: el anuncio de nuevas y circulares tratativas entre la Asamblea Nacional eterna, la de 2015, encabezada por Dinorah Figuera, y la bancada oficialista de Jorge Rodríguez. Con la enternecedora fe de quien le insiste al chacero tramposo que esta vez la carta no viene marcada, vuelven a sentarse a repartir promesas de borracho arrepentido. Es el pináculo del realismo mágico de sobremesa: una negociación diseñada con precisión matemática para no resolver absolutamente nada, cuyo único y sagrado propósito es regalarle al poder otros cuantos años de prórroga para seguir jugando con el tiempo prestado de un país que se desangra, mientras la cuenta de la cantina la sigue pagando el pendejo de siempre.
