Estefany Sánchez.- “La moralidad es la hipocresía de la especie organizada”, decía Schopenhauer. Y qué brutalidad de organización hemos logrado para linchar virtualmente al de enfrente.
El mecanismo es de una precisión quirúrgica: basta que el “enemigo” tropiece con una palabra, confunda la modulación de una B con una V o haga un comentario desafortunado, para que el tribunal del civismo exija la hoguera digital. Ahí, el odio y la descalificación parecen estar permitidos, porque los emiten “los buenos y los bonitos”. Dichosos ellos…
Pero cuando el exabrupto lo comete un aliado ideológico, si es que podemos hablar de algo semejante, el tribunal sufre un milagroso apagón: se queda ciego, sordo y, de pronto, sin señal para mover los dedos y comentar. La memoria se vuelve selectiva y la aberración pasa a ser una desafortunada frase “fuera de contexto” o, simplemente, algo del pasado: “Ya mejoró”. Porque, claro, en las redes sociales solo algunos se equivocan; los demás parecen seres celestiales e impolutos, enviados a salvar nuestro país desde detrás de una pantalla y, muchas veces, de una frontera.
Pensemos críticamente por un segundo y miremos quiénes realmente promueven el daño entre las personas. Juzgar los hechos tangibles: el trabajo constante, la inclusión efectiva, la responsabilidad y la práctica que verdaderamente construye, exige un rigor analítico que a muchos les resulta incómodo. Es mucho más fácil, y hasta asquerosamente gratificante para el ego, refugiarse en el teatro del discurso perfecto.
Terminamos validando al hipócrita que nos habla bonito y promete maravillas mientras condenamos al que, en los hechos, aporta. Confundimos una frase desafortunada con una conducta permanente, y un error puntual con la totalidad de una persona. Al mismo tiempo, somos capaces de justificar conductas mucho más graves cuando provienen de alguien de nuestro propio bando.
No frenemos nuestro avance como país por seguir el camino del odio, la descalificación y las ganas de cobrar venganza. Mientras sigamos midiendo con doble vara según quién hable, no construiremos una sociedad más justa; simplemente seremos una jauría mejor organizada: virtualmente.
Porque, al final, no nos define un mal chiste, una palabra equivocada o un comentario desafortunado, sino cómo actuamos, cómo asumimos la crítica y qué hacemos cuando nos equivocamos.
Y, para mi errada e “invalorada” opinión, me importa mucho más qué ha hecho por una comunidad que le reconoce en la calle que lo que dicen quienes la critican desde detrás de una pantalla.
