De la condotta, las negociaciones y los activos de reserva internacional de Venezuela

_ Opinión

«Los capitanes mercenarios son hombres excelentes o no lo son: si lo son, no puedes fiarte de ellos, porque siempre aspirarán a su propia grandeza, ya sea oprimiéndote a ti, que eres su patrono, ya sea oprimiendo a otros contra tus intenciones; pero si el capitán no es virtuoso, te arruina por regla general.»

Nicolás Maquiavelo
El Príncipe, Capítulo XII

José Luis Díaz Torrealba.- El 24 de junio de 2026, a las 6:04:31 horas, la aguja trazadora del Servicio Geológico de Estados Unidos (USGS) registró inicialmente un sismo precursor con epicentro a 20 km al este de San Felipe (Yaracuy); un segundo sismo se produjo 39 segundos después, a las 6:05:03, con epicentro a 17 km al oeste de Catia La Mar, en La Guaira, reportando así un doblete sísmico de magnitudes 7,2 y 7,5 Mw, respectivamente, en la escala de Richter.

En cuestión de segundos, miles de toneladas de concreto y ladrillo se convirtieron en polvo sobre la ladera norte del cerro El Ávila, con vista al mar en Venezuela. Al día siguiente, al comenzar la mañana, en la barriada de Catuche, Carmen sostuvo entre los dedos una taza de loza azul con el asa rota. No había llanto en sus ojos, solo el polvo blanco de los escombros metido bajo las uñas y el crujido sordo del suelo que no terminaba de asentarse.

Cuarenta y nueve días después, el 12 de agosto de 2026, el aire acondicionado de un salón institucional amortiguaba el murmullo de la capital. Sobre una mesa de caoba pulida reposaban un par de páginas de papel bond A4 de 80 gramos. El documento llevaba por título «Comunicado Conjunto del Primer Ciclo de Conversaciones».La aguja del sismógrafo había sido reemplazada por el trazo estilográfico de dos firmas: la del Dr. Jorge Rodríguez, en representación del Gobierno nacional, quien siempre luce en su muñeca un clásico y discreto, pero muy exclusivo y fino reloj Panerai Luminor GMT, símbolo del diseño italiano y la relojería suiza con solo 5,2 mm de espesor, y la de la Dra. Dinorah Figuera, por la Asamblea Nacional de 2015, con su mano ornada en el dedo anular con un icónico anillo de la colección Panthère de Cartier con un engaste tipo pavé de diamantes y dos granates tsavoritas o esmeraldas en color verde profundo, coronado por una pequeña pieza pulida de ónix negro.

Los aparatos midieron la aceleración del terreno en metros por segundo al cuadrado. La burocracia midió la tragedia en párrafos de sintaxis aséptica: «Ambas partes concentrarán esfuerzos en promover la recuperación de los activos de reserva internacional de Venezuela en el Banco de Inglaterra…»

En las tardes sofocantes de Caracas, cuando el goteo de los aires acondicionados averiados suena con el ritmo de una clepsidra medieval, el fantasma de Francesco Sforza suele pasearse por las terrazas de Las Mercedes. Lleva una armadura de acero lombardo manchada de hollín y un maletín de cuero diplomático redactado en inglés.

En la Italia de 1447, la Áurea República Ambrosiana firmó una condotta para que el mercenario Sforza los defendiera de la voracidad de Venecia.El paralelismo no es una alegoría literaria; es un calco mecánico. Sforza no derrotó a las tropas venecianas para restituirle la soberanía a los patricios de Milán, sino para cercar la ciudad, matar de hambre a sus pobladores y forzarlos a proclamarlo duque en 1450.

De la misma forma, el tutelaje de la administración Trump y la custodia de activos como CITGO o las reservas de oro no sirvieron para edificar una fuerza cívica autónoma, sino para convertir a la facción tutelada en una junta de administradores offshore dependientes del calendario electoral de Washington.

A 7500 kilómetros de la grieta en el asfalto venezolano, en la zona central de Londres conocida como The Square Mile, cerca de la estación de metro Bank, con el código postal EC2R 8AH del centro financiero de Londres, el Banco de Inglaterra custodia las reservas. Allí abajo, a catorce metros de profundidad y a una temperatura constante de 18 °C, descansan 31 toneladas métricas de oro fundido en lingotes de pureza 999,9.

El precioso metal no produce ruido, no emite calor y no conoce la prisa.Mientras en los barrios devastados de La Guaira el agua potable se paga a precio de divisa y las pocas cuadrillas que aún quedan retiran escombros con palas desgastadas, la narrativa oficial justificó la apertura de la bóveda bajo la promesa de generadores eléctricos, insumos médicos y ladrillos para las víctimas del desastre.

Pero la física del oro responde a una gravedad perversa: necesita el peso de los muertos para poder moverse; la promesa de reconstruir techos y quirófanos jamás fue el objetivo, sino el recibo fiscal de la transacción.En esta aritmética, la tragedia no es una catástrofe por remediar, sino la factura imprescindible para abrir la bóveda y mudar el patrimonio del desastre a la tibia impunidad de una cuenta compartida.

En Petare, un anciano desdentado, habitual mecánico mata e’ mango, con un ratchet en el bolsillo trasero del blue-jean desgastado, miraba el «Comunicado Oficial» en la llena de grasa y partida pantalla HD de 5,45 pulgadas de su Redmi 7A de Xiaomi mientras escupía sobre el polvo seco de la acera: «Nos dijeron que ese oro era pa’ arreglar los cables del poste, compa, pero aquí seguimos viviendo sin luz y con los transformadores caídos».

La distancia entre la necesidad urgente y la firma lejana no se mide en kilómetros, sino en impunidad. El artefacto político firmado el 12 de agosto opera sobre una ilusión de antagonismo. A un lado de la mesa, el control territorial y la fuerza pública; al otro, la representación jurídica requerida ante las cortes de Occidente.

Ninguno de los dos actores podía acceder por sí solo a la riqueza congelada.Esta dinámica no es inédita en la historia. Responde a un patrón cíclico donde la confrontación se transforma en sociedad mercantil.

El paralelismo entre los condottieri del Renacimiento italiano y los sectores de la oposición venezolana bajo el tutelaje geopolítico, financiero y diplomático de Estados Unidos constituye un ejercicio fecundo de teoría política e historia comparada. Ambos fenómenos comparten una misma lógica de fondo: la externalización de la lucha por el poder político mediante el patrocinio, el financiamiento y la delegación estratégica en actores o potencias ajenas.

En la Italia del siglo XV, Venecia y Milán simulaban batallas encarnizadas en el campo para alargar los contratos, mientras los condottieri, a espaldas del pueblo, se repartían la paga del tesoro público.

Detrás del estrechamiento de manos entre Rodríguez y Figuera se mueve la sombra de un empresariado pragmático con sede en Texas y Florida. A estos grupos no los movilizan las banderas ideológicas ni los principios institucionales; los guía la tasa de retorno de las concesiones energéticas y mineras en un mercado desregulado.

No se enfrentaban para vencerse; se necesitan para facturar.

La institucionalización de esta cogobernanza por extracción deja un saldo que los balances contables omiten.

Mientras se posterga la reestructuración del Tribunal Supremo de Justicia y la auditoría de los fondos, el ciudadano común asiste al espectáculo con la parálisis de quien ha visto desmontar todas sus certezas.

El verdadero peligro de la jornada del 12 de agosto de 2026 no estriba únicamente en el destino final de unas barras de oro depositadas en el extranjero. Reside en la consolidación de un modelo donde la política deja de ser un espacio de debate ideológico para convertirse en la administración conjunta de un botín.

El condottiero vive de la guerra, no de la paz. Por ende, no le interesa resolver los conflictos de manera definitiva, sino prolongarlos para mantener su contratación, la condotta. Si es mediocre, hunde al Estado; si es capaz, tarde o temprano se adueña del Estado o chantajea a sus gobernantes.

En Catuche, cuando cae la tarde, el aire sigue oliendo a cal húmeda. Carmen guarda el pedazo de taza rota en el bolsillo de su delantal gastado. Sabe que ningún lingote regresará convertido en techo.El contrato no devolvió la soberanía a la calle; le puso precio al desencanto.

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