Editorial: El gas venezolano es una alternativa para el mercado

Opinión

Julio A. López, editor jefe.- Durante décadas, Venezuela ha sido presentada al mundo como una potencia petrolera. Lo es. Pero esa definición resulta incompleta. Debajo de sus aguas y de buena parte de su territorio existe otro recurso capaz de convertirse en uno de los grandes motores de la reconstrucción económica nacional: el gas natural.

La Administración de Información Energética de Estados Unidos estima que Venezuela posee alrededor de 195 billones de pies cúbicos de reservas de gas natural, lo que representa aproximadamente el 73% de las reservas de Sudamérica. Es una riqueza gigantesca que, paradójicamente, sigue subutilizada.

Los acontecimientos de esta semana confirman que las grandes compañías internacionales comienzan a mirar esa realidad. BP obtuvo una licencia para desarrollar la Fase 2 del campo Loran, en la Plataforma Deltana, junto con XRG —el vehículo internacional de inversiones energéticas de ADNOC— y UCC Oil and Gas Holding. BP será el operador y los tres socios tendrán participaciones iguales.

No estamos hablando de una apuesta exploratoria menor. Es una operación de gran envergadura. BP también firmó un memorando para evaluar oportunidades en el bloque Carúpano Este, en el área marítima de Mariscal Sucre.

Shell y otros actores internacionales buscan operar simultáneamente en las aguas venezolanas orientales, lo que indica que comienza a configurarse una nueva frontera energética en el Caribe.

Y Venezuela tiene una ventaja que la geología por sí sola no puede explicar: su ubicación.

Los grandes yacimientos costa afuera del oriente venezolano se encuentran frente al Caribe y al Atlántico, en la plataforma Deltana, y cuentan con salida directa al Atlántico. A poca distancia, además, se encuentra una infraestructura gasífera y de licuefacción desarrollada durante décadas por Trinidad y Tobago. Atlantic LNG ofrece una posible vía para convertir parte del gas venezolano en GNL y colocarlo en los mercados internacionales. El propio gobierno trinitense ha reconocido durante años el valor de incorporar las enormes reservas venezolanas a su infraestructura energética.

Desde allí, Venezuela puede mirar hacia Europa.

En un mundo que aprendió dolorosamente que la seguridad energética depende de diversificar los proveedores, el gas venezolano podría convertirse en una fuente adicional para el mercado atlántico. No sustituirá por sí solo a los grandes productores mundiales, pero puede ocupar un espacio estratégico gracias a sus reservas, a su proximidad a la infraestructura existente y a su acceso marítimo al Atlántico.
Pero sería un grave error pensar únicamente en exportar.

Antes de vender gas al mundo, Venezuela tiene que garantizarlo para sí misma.


El país necesita ampliar y modernizar sus redes de producción, procesamiento, transporte y distribución. Venezuela carece de infraestructura suficiente para el almacenamiento, la distribución y el suministro residencial. Tener enormes reservas mientras hogares, industrias y centrales eléctricas enfrentan limitaciones de abastecimiento constituye una contradicción que una nueva política energética debe corregir.

El gas debe contribuir a generar electricidad confiable, a alimentar la industria nacional y a reducir las limitaciones energéticas que durante años han frenado la economía. Exportar es indispensable para obtener divisas y atraer capital, pero el mercado interno no puede convertirse en el último cliente de sus propios recursos.

Existe, además, una tercera oportunidad que puede ser incluso más transformadora: la petroquímica.

El verdadero valor del gas no termina cuando se quema ni cuando se convierte en GNL. Puede transformarse en metanol, amoníaco, urea, fertilizantes, plásticos y numerosos productos industriales de mayor valor agregado. Venezuela ya posee una tradición petroquímica y complejos industriales construidos precisamente en torno a esa ventaja energética.

En lugar de limitarse a exportar moléculas, el país puede exportar productos. En lugar de depender exclusivamente de la renta del subsuelo, puede desarrollar cadenas industriales, generar empleos especializados, atraer tecnología y recuperar su capacidad manufacturera.

Por eso el gas venezolano debe concebirse sobre tres pilares simultáneos: mercado interno, petroquímica y exportación.

Pero transformar reservas en desarrollo exige miles de millones de dólares, infraestructura, seguridad jurídica, reglas estables y, sobre todo, contratos transparentes y competitivos.

Venezuela tiene el recurso. Tiene ubicación geográfica. Tiene acceso al Atlántico. Tiene cerca infraestructura capaz de conectarla al mercado mundial.

Lo que necesita ahora es convertir esas ventajas en una política nacional coherente.

El petróleo puede financiar una recuperación. El gas puede contribuir a la construcción de una nueva economía.

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