Cuando tiembla la soberanía: 1812 y 2026

Opinión

Héctor Sánchez

The Daily Journal – Hay momentos en que la historia, como un espejo roto, nos devuelve fragmentos de un pasado que creíamos superado.

Dos siglos, catorce años y tres meses separan el Jueves Santo de 1812 de aquel miércoles 24 de junio de 2026, cuando se celebraba la gloriosa batalla de Carabobo y también para los creyentes el día de San Juan Bautista. En ambas fechas dos terremotos consecutivos sacudieron a Venezuela. Las dudas que ambas tragedias dejaron flotando en el aire son inquietantes y similares: ¿quién decide el destino de este país y para beneficio de quién?

Para comprender este paralelismo, debemos recordar que el 26 de marzo de 1812, un violento doble terremoto arrasó Caracas, La Guaira, Barquisimeto y Mérida, cobrándose la vida de veinte mil personas. Para la Primera República, proclamada apenas nueve meses antes, el golpe fue demoledor; la catástrofe no solo destruyó edificaciones, sino también la confianza en un proyecto que ya cojeaba por la inexperiencia militar, las divisiones internas, la mala administración y la incapacidad de sus líderes para atraer a los sectores más desfavorecidos.

El general Francisco de Miranda, precursor de nuestra independencia, se encontró entonces con que su tierra ya no era la que había soñado décadas atrás. En rigor, no fue el terremoto el que derrumbó la República el 25 de julio de 1812, sino las fracturas internas, la debilidad institucional y la falta de un proyecto que realmente convocara al pueblo. El sismo solo aceleró un colapso que ya se venía dando en cámara lenta.

Esa misma fragilidad parece resonar ahora, en 2026, cuando la tierra ha vuelto a temblar con dos sismos de magnitud 7.2 y 7.5 que han dejado, entre muchas cosas más, a La Guaira devastada y a más de 6 mil personas sin vida, mientras decenas de miles perdieron sus hogares y otras tantas desaparecidas.

Sin embargo, como ocurrió en 1812, además del dolor y la tragedia del desastre natural, el problema fundamental es lo que éste ha revelado: Venezuela vive bajo un tutelaje que ningún discurso oficial logra disimular.

Aunque la vicepresidenta de Nicolás Maduro, Delcy Rodríguez, asumió como presidenta encargada, el verdadero poder sobre el petróleo y el rumbo del país se ejerce desde Washington, siguiendo la hoja de ruta trazada por figuras como Marco Rubio. En este escenario, tanto el gobierno encargado como la oposición parecen haber abandonado la competencia por el poder interno, para buscar, en cambio, el favor de la Casa Blanca, dejando al país atrapado en una partida que no le pertenece.

Esta entrega de soberanía se manifiesta en el control que el gobierno de Trump ha asumido sobre la venta del crudo venezolano y los cambios impulsados en la legislación petrolera y minera.

Bajo la narrativa oficial de «recuperar el país», se intenta construir una supuesta prosperidad sobre la base del tutelaje, olvidando que la independencia no es un regalo, sino una conquista que se construye.

El recién iniciado «diálogo» entre las facciones políticas tiene todos los ingredientes para repetir los errores del pasado, pues la clase política parece más preocupada por su propia supervivencia que por articular un proyecto que incluya al pueblo. Mientras los políticos discuten cuotas de poder, el país se desangra con el salario más bajo del mundo y sus recursos naturales se embarcan hacia el norte mientras que en Venezuela siguen faltando la electricidad, el agua y el futuro. A pesar de que la Primera República cayó, de sus escombros surgió la épica bolivariana que consolidaría la independencia años después y expulsara a la ocupación del territorio nacional.

La lección de 1812 no es que la soberanía sea imposible, sino que solo es alcanzable cuando el pueblo es dueño de su destino. Hoy, el reto no es solo reconstruir ciudades, sino recuperar la capacidad de decidir sobre nuestros recursos y leyes sin arrodillarse ante ningún imperio.

La historia nos recuerda de forma incómoda que cuando la soberanía se negocia como una mercancía y el pueblo queda atrapado entre poderes que no lo representan, el desastre está garantizado. El desafío de la independencia y la prosperidad sigue siendo el mismo de hace dos siglos, y la respuesta también: solo el pueblo, organizado, consciente y con un proyecto que incluya a las grandes mayorías nacionales, podrá finalmente construir un país libre.

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