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Mario L. Arroyo B.- Hay algo paradójico en la revolución tecnológica que estamos viviendo: cuanto más digital se vuelve la economía, más infraestructura física necesita para funcionar.
La Inteligencia Artificial parece intangible. Hablamos de algoritmos, modelos, datos y de una “nube” que imaginamos en algún lugar distante. Pero detrás de cada consulta a una plataforma de IA hay servidores, edificios, subestaciones, sistemas de refrigeración, fibra óptica, líneas de transmisión, agua, energía, concreto, acero y una compleja cadena logística.
La nube tiene cimientos. Y América Latina comienza a construirlos. Según CBRE, los cuatro principales mercados de centros de datos de la región —São Paulo, Querétaro, Santiago y Bogotá— alcanzaron 1.045 MW de capacidad en el primer trimestre de 2026, lo que representa un crecimiento interanual de 41,3%. Querétaro registró un aumento extraordinario del 450,2%, impulsado por desarrollos hyperscale vinculados a la inteligencia artificial.
No estamos ante una expectativa. La inversión ya está ocurriendo. La pregunta interesante no es solamente cuántos centros de datos puede atraer América Latina. Es si nuestra infraestructura será capaz de acompañar la velocidad a la que crece esta nueva economía.
Un centro de datos puede parecer un proyecto tecnológico, pero su ejecución se parece mucho más a lo que imaginamos de cualquier gran proyecto industrial: requiere disponibilidad eléctrica, terreno, permisos, ingeniería, cimentaciones, estructuras, concreto, acero, tuberías, sistemas electromecánicos, logística y proveedores capaces de cumplir con especificaciones exigentes.
Y allí aparece un posible cuello de botella. La Agencia Internacional de Energía estima que el consumo eléctrico mundial de los centros de datos podría pasar de aproximadamente 415 TWh en 2024 a cerca de 945 TWh en 2030. El desafío es que un centro de datos puede construirse en dos o tres años, mientras que desarrollar la generación, la transmisión y la infraestructura energética suele requerir períodos considerablemente más largos.
La tecnología puede avanzar más rápido que la infraestructura necesaria para su funcionamiento. Brasil lidera actualmente el mercado regional, mientras que México, Chile y Colombia consolidan posiciones relevantes. AWS, por ejemplo, anunció inversiones superiores a US$5.000 millones en México y US$4.000 millones en Chile durante los próximos quince años.
Son cifras extraordinarias. Pero quizá deberíamos formular una pregunta diferente: ¿cuánto de esa inversión puede convertirse en actividad productiva latinoamericana?
Cada nuevo desarrollo abre oportunidades para la ingeniería, la construcción especializada, la generación y transmisión eléctricas, las estructuras, el concreto, el acero, los prefabricados, las tuberías, los sistemas de refrigeración, la logística, el mantenimiento y los servicios técnicos.
Aquí está una de las grandes oportunidades para la región: no solo atraer infraestructura digital, sino también desarrollar, en torno a ella, una cadena de suministro capaz de competir por esos proyectos. Eso implica mirar más allá del anuncio de inversión.
Una economía captura más valor cuando sus empresas participan en la ingeniería, producen materiales, suministran componentes, transportan equipos, construyen instalaciones y, posteriormente, las mantienen. El impacto puede multiplicarse mucho más allá de las paredes de un data center.
Pero también debemos evitar entusiasmos desenfrenados. La electricidad que requiere esta infraestructura debe coexistir con la demanda industrial y residencial. El agua utilizada en determinados sistemas de refrigeración tiene valor para las comunidades. Las redes de transmisión requieren inversión. Y los proyectos deben desarrollarse con criterios ambientales, territoriales y sociales sostenibles.
La oportunidad existe, pero requiere planificación. Durante décadas, América Latina ha discutido cómo agregar mayor valor a sus recursos y cómo integrarse de manera más sofisticada a las cadenas globales de valor. La inteligencia artificial introduce ahora una dimensión inesperada a esa discusión.
Tal vez una parte de nuestra oportunidad en la economía digital no esté solamente en desarrollar algoritmos. También puede estar en construir aquello que los hace posibles.
La próxima competencia por la Inteligencia Artificial no se dará únicamente entre modelos, plataformas y desarrolladores. También ocurrirá entre países capaces de ofrecer energía confiable, infraestructura, ingeniería, materiales, logística y rapidez en la ejecución. Porque la Inteligencia Artificial podrá operar en la nube. Pero la nube también hay que construirla.
