Luis Contreras
A partir del hito del 3 de enero, la reconfiguración de la política venezolana aceleró la mutación de las dinámicas de poder en el país, exponiendo de forma cruda la persistente ceguera de una clase política criolla incapaz de asimilar esta nueva realidad. Lejos de entender que el escenario actual exige una profunda reingeniería política que desmantele la arquitectura del pacto cupular, la burocracia inerte y el centralismo ahogante, la política de claustro insiste en refugiarse en sus viejos dogmas.
Frente a la emergencia de nuevos polos de fuerza territorial, las élites pretenden resolver el colapso mediante parches cosméticos, ignorando que la verdadera reingeniería política nace de la reorganización de las fuerzas productivas y comunitarias desde abajo.
Desde sus torres de marfil, las cúpulas persisten en concebir al pueblo no como el sujeto soberano de la nación, sino como una masa tutelada, manipulable y subordinada a sus intereses de facción. Esta ceguera de clase ha pretendido confinar a las mayorías populares a un verdadero inframundo social: un territorio de precarización donde la legalidad formal se diluye entre la extorsión, la economía informal desregulada y la erosión de los servicios esenciales. Sin embargo, allí donde el elitismo criollo solo ve apatía o sumisión clientelar, la reconfiguración de la política desde las bases demuestra la existencia de un tejido social que se resiste a ser devorado por la anomia y el abandono.
La reconstrucción de la nación no vendrá de dirigencias que gestionan la política desde la abstracción discursiva o la subordinación a agendas externas.
Tres pilares fundamentales sostienen hoy la dignidad soberana del territorio frente a este nuevo mapa de poder:
• La clase trabajadora: Mutilada en su salario real y empujada al pluriempleo de subsistencia, la fuerza laboral venezolana no ha renunciado a su vocación productiva. Su resistencia diaria en la fábrica, el taller y el oficio independiente constituye un acto de soberanía frente al colapso institucional y a la reconfiguración de la economía informal.
• El campesinado: Asediado por la falta de insumos, las tramas de extorsión en las rutas de distribución y el abandono del campo, el productor agrícola libra la verdadera batalla por la soberanía alimentaria del país, defendiendo el derecho a sembrar y cosechar en suelo patrio.
• Los pueblos originarios: Sometidos a las presiones del extractivismo ilegal y al despojo territorial, las comunidades ancestrales resguardan la integridad de la frontera nacional y la memoria histórica de la venezolanidad, resistiendo tanto a la voracidad material como a la retórica folclórica de las élites.
La refundación de la patria exige asumir que la reingeniería política del país no se reduce a un rediseño institucional sobre el papel ni a pactos de élites en la capital. Implica desmantelar de raíz la pretensión de administrar una república irreal desde la comodidad del gabinete y devolver la centralidad al sujeto popular organizado.
Esta transformación estructural requiere el restablecimiento del salario como pilar ético del trabajo, la restitución de las garantías para que el campesino produzca libre de extorsión, y la defensa irrestricta de la soberanía territorial y cultural de nuestros pueblos originarios.
La soberanía no es una entelequia discursiva que se debate en las alturas: es una praxis territorial, un ejercicio de dignidad cotidiana que se defiende, se produce y se reconstruye desde las bases históricas que sostienen el cuerpo y el alma de la nación.
