Editorial | El mercado petrolero está desnudo

Opinión

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Julio A. López, editor jefe. — Hans Christian Andersen publicó en 1837 uno de los cuentos más breves y, al mismo tiempo, más devastadores sobre el poder, el miedo y la mentira colectiva. En El traje nuevo del emperador, dos estafadores convencen a un monarca de que le han confeccionado una vestimenta extraordinaria, invisible únicamente para los necios y para quienes no merecen ocupar sus cargos. Nadie ve la tela porque la tela no existe, pero ministros, funcionarios y cortesanos prefieren admirar un traje imaginario antes que reconocer una verdad evidente.

Hasta que un niño rompe el hechizo y pronuncia la frase que todos conocían, pero nadie se atrevía a decir:

El emperador está desnudo.

Algo parecido ocurre hoy en el mercado petrolero.

Los traders, los bancos, los algoritmos, los fondos especulativos y buena parte de los analistas contemplan un sistema energético mundial rodeado de guerras, bloqueos marítimos, ataques contra petroleros, refinerías incendiadas y rutas comerciales paralizadas. Sin embargo, continúan actuando como si el traje de la estabilidad todavía existiera.

No existe.

El mercado petrolero está desnudo.

El Brent cayó este lunes, tras superar los 100 dólares la semana pasada. La corrección respondió a una pausa temporal en los ataques entre Estados Unidos e Irán y a la esperanza de que algún tipo de negociación redujera las tensiones. Pero una pausa militar de dos días no reconstruye las rutas marítimas, no elimina las minas, no repara los petroleros atacados y tampoco devuelve automáticamente la confianza a las navieras.

La pregunta no consiste en determinar por qué el petróleo subió hasta los 100 dólares. La verdadera pregunta consiste en explicar por qué no se encuentra mucho más arriba.

Pero Ormuz no representa hoy el único problema.

Arabia Saudita intentó reducir su exposición al Golfo Pérsico desplazando parte de sus exportaciones hacia el oeste mediante el uso de sus instalaciones en el mar Rojo. Esa ruta también quedó bajo amenaza. Los hutíes atacaron infraestructura petrolera saudita y proclamaron un bloqueo naval en torno a Bab el-Mandeb, el estrecho que conecta el mar Rojo con el golfo de Adén y constituye una de las arterias esenciales del comercio mundial.

El mundo no enfrenta simplemente una guerra regional. Enfrenta una pinza marítima en el corazón del abastecimiento energético mundial.

Como si eso no bastara, otro frente de la guerra energética se extiende desde el mar Negro hasta Siberia.

Ucrania ha incrementado de manera extraordinaria el alcance y la intensidad de sus ataques contra la infraestructura petrolera rusa. El 8 de julio, las autoridades ucranianas informaron de ataques contra tres refinerías y nueve petroleros en el mar de Azov. Días después, Rusia suspendió parte de la navegación en esa zona tras una campaña que, según reportes publicados, alcanzó a decenas de embarcaciones, incluidas petroleras vinculadas a la llamada flota fantasma rusa.

El conflicto ya no se limita al mar de Azov.

Los ataques alcanzaron buques en el mar Caspio, una región que hasta hace poco parecía protegida por su geografía interior.

Los ataques también penetraron profundamente en territorio ruso.

Ucrania alcanzó una refinería en Salavat, en la región de Bashkortostán, a unos 1.400 kilómetros de la frontera ucraniana. Pero incluso esa distancia quedó superada: drones ucranianos atacaron la refinería de Omsk, la mayor de Rusia, situada a unos 2.700 kilómetros del territorio controlado por Ucrania. La instalación, con una capacidad cercana a 460.000 barriles diarios, tuvo que detener sus operaciones tras el ataque.

El mercado todavía apuesta a que todos los conflictos se mantendrán contenidos, que ninguna potencia cruzará la próxima línea roja, que las navieras continuarán navegando, que los seguros seguirán disponibles, que Arabia Saudita siempre encontrará una salida y que Rusia podrá reemplazar rápidamente cada instalación golpeada.

Tal vez ocurra.

Hans Christian Andersen comprendió hace casi dos siglos que las grandes ficciones colectivas no se sostienen porque todos las crean, sino porque nadie quiere ser el primero en desafiarlas. Los ministros del cuento no veían el traje. El emperador tampoco lo veía. Pero cada uno observaba al otro y concluía que era más seguro repetir la mentira.

En el petróleo sucede algo parecido.

Solo falta que alguien diga en voz alta lo que los hechos ya muestran.

El estrecho de Ormuz está comprometido.

Bab el-Mandeb está bajo amenaza.

El mar de Azov dejó de ser seguro.

El mar Negro se convirtió en un campo de batalla petrolero.

El Caspio ya no constituye un santuario.

Las refinerías rusas arden a 1.400 y hasta 2.700 kilómetros del frente.

Y el barril todavía se negocia como si el sistema energético mundial conservara su traje de estabilidad.

No lo conserva.

El mercado petrolero está desnudo.