Gigantes con pies de barro: Por qué la condena a Evergrande no salvará a Pekín

Especiales Global

Óscar Reyes Matute.- El fallo judicial apareció en las portadas globales con el peso de una sentencia histórica: Hui Ka Yan, fundador y presidente del titán inmobiliario Evergrande, fue condenado a cadena perpetua. En tiempos de Mao, habría sido fusilado, pero ahora hay que mantener las formas.

Quien en su momento fuera reconocido como el hombre más rico de Asia ha pasado de los pedestales del capitalismo de Estado a la penumbra de una celda por fraude, malversación y captación ilegal de fondos.

Sin embargo, la espectacularidad del castigo oculta una grieta mucho más profunda: la purga de un magnate no soluciona la gravísima tara estructural que amenaza con estancar definitivamente a la segunda economía del planeta.

Durante décadas, el modelo chino dedicó gran parte de su desbocado PIB -ganado con el sudor de sus extraordinarias exportaciones- en la construcción de infraestructura y desarrollos habitacionales. Se levantaron ciudades enteras, deslumbrantes metrópolis con rascacielos y avenidas de vanguardia que terminaron convertidas en inquietantes urbes fantasma.

El entramado se sostenía bajo una lógica perversa: desarrolladores hiperendeudados construían sin cesar, alimentados por créditos de bancos estatales que reflotaban artificialmente a empresas insolventes. En una economía de libre mercado convencional, la quiebra natural habría depurado el exceso; en China, el salvavidas institucional aplazó el estallido hasta transformarlo en un monstruo sistémico de más de 300.000 millones de dólares en pérdidas.

Analistas e historiadores económicos como Irving Gatell, Marc Vidal o la trinchera analítica de Solo Fonseca han insistido en una premisa insoslayable: la contienda por la hegemonía global entre China y Estados Unidos no se decidirá en los astilleros navales ni en el número de contenedores exportados, sino en los bolsillos de sus ciudadanos.

La gran debilidad estructural del gigante asiático reside en la anemia crónica de su consumo interno. A diferencia de los Estados Unidos, cuyo mercado doméstico es el motor comercial más voraz, apetecido y dinámico del planeta, China ha sido incapaz de transformar su descomunal poder industrial en bienestar distributivo para el ciudadano de a pie.

Aunque existe una vistosa élite de magnates y una emergente clase media urbana, el ingreso medio del habitante chino sigue orbitando en estándares similares a los de un país latinoamericano, muy lejos de los niveles de gasto de un europeo o un estadounidense.

Esta disparidad sociológica explica el origen de la burbuja inmobiliaria. Cultural y psicológicamente, el ciudadano chino no gasta su dinero de forma expansiva; al no contar con un sistema de protección social sólido ni un mercado de consumo diversificado, ahorra compulsivamente. Ante la falta de alternativas de inversión, el ahorro familiar se canalizó de manera masiva hacia la compra sobre plano de bienes raíces, concebidos como el único refugio seguro.

Cuando el aparato estatal intentó frenar el endeudamiento desbocado de las promotoras, el castillo de naipes se vino abajo, dejando a millones de familias con ahorros confiscados en apartamentos que jamás se construyeron.

El verdadero dilema de Pekín no es cómo castigar a los empresarios corruptos, sino cómo lograr que una población culturalmente propensa al ahorro comience a consumir la colosal oferta de bienes que sus propias fábricas producen.

Si la masa trabajadora del segundo país más poblado del mundo no dispone de la capacidad adquisitiva para sostener su propio mercado interior, la maquinaria productiva dependerá eternamente de la demanda exterior.

Y en un escenario geopolítico fracturado por aranceles, tensiones comerciales y relocalización de cadenas de suministro, depender exclusivamente de las exportaciones se convierte en un talón de Aquiles fatal.

La condena a cadena perpetua de Hui Ka Yan busca proyectar una imagen de rigor disciplinario y control estatal. Pero encarcelar al mensajero no borra el mensaje.

China se encuentra atrapada en la paradoja de ser una superpotencia industrial poblada por ciudadanos de ingresos modestos. Convertir su mercado interno en un gigante tan poderoso como el estadounidense es el reto supremo de la dirigencia comunista. De lo contrario, las ruinas de sus ciudades fantasma no serán el símbolo del ascenso de un imperio, sino la prueba de que si construyes el edificio más alto del mundo sobre unos cimientos dolorosamente frágiles, tal vez no se te caiga con un terremoto, pero puede quedar deshabitado si tus súbditos no tienen como comprarlos.

Los rascacielos de Manhattan sí se construyen y se venden astronómicamente caros, pero se pagan.

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