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Julio A. López, editor jefe. — Utilizaremos exclusivamente los anuncios oficiales conocidos hasta ahora y los contrastaremos con hechos históricos y actuales de la industria para comprender la verdadera dimensión de lo que se plantea.
El estilo Trump
Durante años, Donald Trump protagonizó el programa de televisión The Apprentice —El Aprendiz—, una experiencia que contribuyó a perfeccionar su capacidad para dominar una cámara, simplificar mensajes complejos y convertir una frase en un acontecimiento mediático. Posteriormente trasladó esas habilidades a sus campañas electorales y, finalmente, a la Presidencia de Estados Unidos.
El anuncio del acuerdo petrolero con Venezuela lleva claramente su sello: primero se lanza una cifra gigantesca capaz de dominar los titulares; después comienzan a conocerse los detalles.
Los 65.000 millones de barriles consiguieron exactamente eso.
Petróleo, geopolítica y seguridad energética
La guerra en Irán ha alterado el equilibrio energético internacional. También plantea interrogantes sobre la arquitectura geopolítica construida durante décadas.
Para Washington, además, la cercanía de las elecciones de medio término convierte cualquier presión sobre los precios de la energía en un asunto aún más sensible.
Y allí Venezuela adquiere una importancia extraordinaria.
Las reservas petroleras son precisamente eso: reservas. No representan barriles disponibles mañana por la mañana ni petróleo que pueda incorporarse automáticamente al mercado. Constituyen una garantía de disponibilidad futura que requiere inversiones, tecnología, infraestructura, tiempo y condiciones políticas y comerciales adecuadas para convertirse en producción.
Para Estados Unidos, contar con acceso estable y a largo plazo a las mayores reservas probadas de petróleo del planeta representa una garantía de seguridad energética.
Los hechos
Existen algunas realidades que ayudan a situar los anuncios en perspectiva.
La guerra en Irán ha transformado para siempre el riesgo asociado al suministro de hidrocarburos.
Venezuela posee las mayores reservas probadas de petróleo del mundo. Estados Unidos necesita garantizar fuentes de suministro confiables y diversificadas a largo plazo. Y las compañías petroleras estadounidenses poseen la capacidad tecnológica y financiera para desarrollar los complejos yacimientos venezolanos.
Los anuncios
Trump anunció lo que calificó como “el mayor acuerdo petrolero de la historia” entre Estados Unidos y Venezuela, asociado a 65.000 millones de barriles de petróleo y orientado a fortalecer la seguridad energética estadounidense.
Posteriormente se anunciaron otras cifras que permiten comenzar a dimensionar el proyecto: US$100.000 millones en inversiones, 20.000 empleos directos y alrededor de 200.000 empleos indirectos.
El sábado 29 de agosto, la presidenta encargada de Venezuela, Delcy Rodríguez, agregó elementos fundamentales: el objetivo incluiría aumentar la producción venezolana en 1,5 millones de barriles diarios, mantener ese incremento durante 25 años y generar para el Estado venezolano un ingreso promedio de US$19 por barril, según los términos anunciados.
Es entonces cuando las cifras comienzan a adquirir otra dimensión.
La apertura petrolera
Y aquí aparece inevitablemente el espejo del pasado.
Durante la década de 1990, Venezuela desarrolló el proceso conocido como Apertura Petrolera, mediante el cual incorporó capital internacional por un monto del orden de $75 billones. La producción venezolana se elevó a 3 millones de barriles diarios.
Por eso resulta inevitable hablar ahora de una especie de Apertura Petrolera 2.0.
Los montos anunciados, las metas de producción planteadas y la magnitud del empleo que podría generarse guardan relación con experiencias que Venezuela ya vivió. No estamos hablando de una teoría construida exclusivamente a partir de una hoja de cálculo. Existe un antecedente histórico venezolano que permite evaluar estas cifras con mayor perspectiva.
Conclusión
Todavía quedan preguntas fundamentales.
Sin entrar por ahora en la discusión jurídica y constitucional sobre la naturaleza de los acuerdos, ni en si quienes los suscriben poseen todas las facultades necesarias para comprometer recursos venezolanos durante décadas, resulta imposible emitir un veredicto definitivo mientras no conozcamos los contratos, las obligaciones de cada parte, los mecanismos de inversión y la distribución económica de los beneficios.
Pero los nuevos detalles permiten empezar a separar el espectáculo de la sustancia. Ahora necesitamos conocer la letra pequeña. Porque después de apagar las luces del escenario, terminar el espectáculo y guardar las cámaras, llega el momento mucho menos glamoroso —pero infinitamente más importante— de demostrar que los números funcionan. Y en la industria petrolera, al final, no mandan los titulares. Mandan los barriles.
