Héctor Sánchez, Sociólogo.- Pareciera que la mayoría de los venezolanos y venezolanas nos encontramos esperando la llegada de un Mesías o una salvadora providencial que venga a resolver, de un plumazo, la profunda crisis que nos aqueja.
Esta actitud posee graves implicaciones sociológicas y políticas. En primer lugar, porque la historia de Venezuela se encuentra plagada de mesianismos caudillistas cuyos resultados siempre han sido nefastos para el desarrollo democrático e institucional de la nación. En segundo lugar, y quizás lo más preocupante de nuestra coyuntura actual, es que la baraja de supuestos salvadores disponibles en el escenario político es sumamente deprimente.
Si los evaluamos de forma crítica -tanto por sus deméritos individuales como al compararlos con liderazgos históricos del pasado-, cabe preguntarse: ¿qué es exactamente lo que nos están ofreciendo?
En la actualidad, lo que este abanico de figuras de corte mesiánico propone son apenas fórmulas sutilmente distintas para servir a intereses geopolíticos extranjeros, desmantelar el tejido nacional bajo la falsa promesa de reconstruirlo, e imponer sus propias ambiciones y mezquindades particulares sobre el sagrado interés nacional.
En la distopía política que hoy experimentamos, la única diferencia sustancial entre los supuestos líderes que detentan el poder y aquellos que aspiran a conquistarlo radica en el método, no en el fondo. Por un lado, se encuentra una facción dispuesta a consolidar su dominio evitando grandes confrontaciones internas -esquivando el escenario de caos y destrucción total, similar al de Irak, al que ya ha aludido la política exterior estadounidense-; por el otro, se sitúan aquellos aspirantes que pretenden gobernar sobre las cenizas de la nación, persiguiendo y eliminando a quienes piensen de manera diferente.
Optar entre la sumisión silenciosa y la persecución abierta es el síntoma definitivo del agujero negro institucional en el que hemos caído, de la gravedad del presente histórico y de lo lejos que se vislumbra una salida racional. Mientras las cúpulas disputan este botín, el país real se nos va de las manos.
La política, que en el pasado llegó a ser entendida como el arte de lo posible y el foro por excelencia para debatir los grandes proyectos nacionales, ha quedado degradada a un vergonzoso concurso de sumisión. El gobierno encargado ha erigido su alineación y subordinación absoluta a las directrices de Washington como su única y verdadera política de Estado. La oposición, por su parte, lejos de denunciar esta escandalosa entrega de soberanía, se limita a reprocharle al gobierno interino que su entrega no sea lo suficientemente veloz, profunda o explícitamente servil. La diferencia real entre ambas élites es puramente estética: el gobierno obedece con cierto disimulo retórico, mientras que la oposición lo hace con absoluto desparpajo.
Si en algo convergen nuestros dirigentes de todo el espectro político es en su absoluta carencia de un proyecto de país. No poseen planes de desarrollo soberano, sino simples proyectos de poder personal diseñados para acomodarse dentro de un esquema de sumisión neocolonial. No hay liderazgo genuino, sino una disputa de baja calidad por las migajas que caen de la mesa imperial.
Al transitar esta senda de degradación, han conducido la política nacional a un «grado cero», un vacío absoluto donde las decisiones que marcan el destino de millones de venezolanos se configuran en oficinas extranjeras, para luego ser firmadas y aplaudidas localmente por actores sumisos. El debate público se ha transformado en una farsa teatral, mientras los verdaderos acuerdos sobre el destino nacional se pactan a puerta cerrada entre enviados internacionales y políticos genuflexos.
El concepto de soberanía ha sido vaciado de contenido, convertido en una consigna hueca para enmascarar el entreguismo, mientras observamos con dolor cómo la riqueza petrolera nacional es cedida a corporaciones extranjeras, principalmente las norteamericanas.
Sin embargo, hay un elemento que las élites políticas y sus tutores foráneos no han logrado erradicar: la memoria histórica y la capacidad de resistencia del pueblo venezolano. La historia del país real no ha sido solo una sucesión de caudillos y salvadores; también ha sido una historia de base, de organización comunitaria y de respuesta social autónoma ante las tragedias históricas . En los momentos de mayor colapso, cuando la parálisis institucional amenaza con devorarlo todo, el pueblo ha demostrado que es capaz de actuar por iniciativa propia, tejiendo redes de solidaridad y de auxilio mutuo sin esperar directrices de ninguna cúpula política o tutor exterior.
Por ello, romper definitivamente con el yugo del mesianismo nos exige un cambio de paradigma urgente. Implica renunciar a la cómoda pero paralizante ilusión de que un salvador vendrá desde arriba a resolver nuestras penurias. Nos obliga a dejar de contemplar a los políticos como figuras paternales e intocables, y empezar a exigirles cuentas como lo que realmente son: servidores públicos que deben rendir explicaciones a la ciudadanía y que pueden -y deben- ser sustituidos de sus cargos cuando no cumplen con su deber constitucional.
Para lograr esto, resulta indispensable emprender un proyecto nacional de carácter colectivo, inclusivo y multisectorial. Este proyecto no se decreta en palacios presidenciales ni se negocia en embajadas extranjeras; se construye desde la base social: en los barrios, las fábricas, los sindicatos, los movimientos sociales, las universidades y las calles. Reconstruir la nación pasa por la nacionalización del diálogo político, arrebatándole la discusión del destino nacional a las élites polarizadas para devolverle la soberanía al ciudadano común.
La interrogante que debemos formularnos hoy los venezolanos no es a qué Mesías debemos esperar, sino cómo edificar colectivamente una República que no requiera de ellos. La política debe recuperar su dignidad y volver a ser el territorio común donde se debate y decide el porvenir de todos.
La salida histórica a nuestra crisis no se encuentra en la galería de ungidos que nos ofrece el mercado electoral, todos ellos entrampados en lógicas de mezquindad, polarización y sumisión externa. La salida reside en nosotros, en la reserva ética de los millones de ciudadanos que, a pesar de los golpes políticos, económicos e incluso los embates de la naturaleza, continuamos de pie trabajando día a día.
No necesitamos que nadie venga a salvarnos. Se trata de salvarnos nosotros mismos, de forma mancomunada, horizontal y soberana, sin pedirle permiso a ningún imperio para ejercer nuestra libertad legítima.
La política no es un espectáculo teatral para ser contemplado desde la acera; es la acción consciente que emprendemos cuando decidimos que el destino de nuestra patria no seguirá en las manos de quienes la han subastado. Si algo rescatará definitivamente a Venezuela, será la construcción colectiva, la articulación de la sociedad civil, el trabajo en equipo y el sentido de lo común, como lo vienen haciendo muchos compañeros en distintas partes del país. Es hora de dejar atrás la ilusión del salvador y asumir, con madurez histórica, que la reconstrucción del país nos pertenece a nosotros.
