Óscar Reyes Matute
Ya casi no reconozco la imagen del agresivo CEO de Microsoft que durante años fue el hombre más rico del mundo. En las fotos, aparecen pliegues de piel que caen, hondos surcos de las líneas de expresión, la mirada aun curiosa, pero sin alegría. Tiene 70 años.
Gracias al sistema operativo MS-DOS licenciado a los fabricantes en 1981, toda una generación pudimos pasar de las máquinas de escribir a las PC para entregar a tiempo los papers, las tesis, culminar nuestros estudios universitarios, y proseguir viviendo y trabajando hasta el sol de hoy.
En una entrevista con Karen Weise, del diario The New York Times, Bill Gates finalmente ha advertido enérgicamente que la inteligencia artificial (IA) representa una grave amenaza para los empleos y la vida humana, y que abordar los riesgos con urgencia debería ser “la principal prioridad del mundo”.
«Sé que todos están preocupados», admitió en referencia a los líderes de la industria, «o básicamente todos los que conozco, excepto Elon Musk».
«En privado, las personas que entienden lo buena que es esta tecnología, y lo mucho que está mejorando, están muy preocupadas”. Pero pocos ejecutivos tecnológicos están dispuestos a admitirlo públicamente.
Este diagnóstico privado de los ejecutivos y la parálisis de la clase política confirman que la velocidad de la innovación ha sobrepasado los límites de la gobernabilidad institucional.
Gates propone un impuesto a las fichas (tokens) de IA y a los robots, la reserva explícita de empleos exclusivamente para seres humanos y la creación de un organismo regulador internacional con inspecciones al estilo del control de armas nucleares.
«No hay ninguna razón técnica por la que un robot no pueda dar un diagnóstico de enfermedad terminal; sin embargo, no debería hacerlo». Esa decisión sólo debería tomarla un ser humano.
Pero Gates reconoce la fragilidad de su reclamo: si la diplomacia global no es capaz de articular consensos mínimos frente a esta fuerza, admite con amargura: «Realmente voy a tirar la toalla».
El historiador y filósofo Yuval Noah Harari va más allá de la propuesta de Gates de la arquitectura fiscal y el rediseño del mercado laboral. Harari analiza la erosión de los cimientos mismos de la condición humana. Para el autor de Sapiens y Nexus, la inteligencia artificial representa la primera tecnología en la historia de la humanidad capaz de tomar decisiones y crear ideas por sí misma, despojando al ser humano del monopolio de la cultura y el relato.
Gates trata desesperadamente de crear mecanismos institucionales para preservar la primacía del trabajo y la dignidad humana. La postura de Harari se asemeja cada vez más a una capitulación filosófica. Harari sostiene que la IA no es una mera herramienta en manos del hombre —como lo fueron la imprenta o el átomo—, sino un agente autónomo que está desmantelando la red de ficciones intersubjetivas (el dinero, las leyes, los derechos humanos, la democracia) sobre las que se sostiene la civilización.
«La IA ha hackeado el sistema operativo de la civilización humana», la batalla por preservar la acción histórica del individuo frente al algoritmo se está perdiendo antes de haber sido plenamente comprendida.
Pareciera entonces que la civilización se encuentra atrapada entre el pragmatismo tardío de un magnate que vislumbra la pérdida de control, contra la resignación teórica de un historiador que diagnostica la obsolescencia del relato antropocéntrico, desde Protágoras de Abdera (c. 485 a. C. – c. 411 a. C.:»»El hombre es la medida de todas las cosas: de las que son, en cuanto que son; y de las que no son, en cuanto que no son.»), pasando por el Renacimiento y cruzando vertiginosamaente la Modernidad y las postmodernidades.
¿Qué lugar nos queda a los humanos ante semejante transformación del mapa existencial? El dilema no es técnico, sino ontológico. Históricamente, la humanidad redefinió su identidad mediante el trabajo, el pensamiento crítico y la capacidad de otorgar sentido al sufrimiento y la trascendencia. Si los algoritmos asumen la creación cultural, la mediación afectiva y la toma de decisiones estratégicas, el riesgo no es solo la masa de desempleados; es la evaporación del propósito humano.
Quedan pocos caminos, y todos exigen una resistencia cultural colectiva. El primero consiste en someter la aceleración tecnológica al escrutinio democrático, exigiendo que las herramientas sirvan para mitigar la desigualdad global y no para concentrar el poder en oligopolios opacos. El segundo exige refundar un nuevo humanismo que vuelva a colocar en el centro aquellas zonas inalienables de la experiencia humana —la compasión, el duelo, la creación sin propósito utilitario— que la máquina solo puede simular.
Antes de que el telón de la automatización total caiga sobre el escenario global, la sociedad debe decidir si seremos los arquitectos conscientes de nuestro destino o los espectadores mudos de nuestra propia irrelevancia.
