El voluntariado y el aporte de empresas y particulares contribuye a mantener las labores de rescate de cuerpos y hasta el resguardo de las propiedades afectadas por los sismos del 24 de junio
Vanessa Davies
Las manos de Norbelis Martínez cortaban ajíes con una paciencia infinita este miércoles 2 de septiembre. Ella soportaba con una sonrisa el calorón de las 11:00 de la mañana en Maiquetía. Para Norbelis, el fin (llenar estómagos con comida recién hecha) justifica los medios. Como tantos voluntarios que siguen apoyando en La Guaira tras los terremotos del 24 de junio, sabe que la solidaridad es una palabra que se va agotando justo cuando más se necesita.
El mismo compromiso mantiene a Sofía De Pasquale y a Carlos Teixeira en la tarea de buscar vegetales de la Finca Dos Aguas, en las montañas próximas a El Junquito, y trasladarlos a la parroquia San Sebastián de Maiquetía para nutrir los comedores itinerantes y entregar “combos” a otras comunidades. Son estos calabacines, vainitas, tomates y pimientos, entre otros, los que le dan sabor y color a centenares de comidas que van a Caraballeda o a donde sea necesario en la llamada zona cero que dejaron los sismos.

Arepazo para el corazón
Una mirada rápida revela que en las estructuras colapsadas de la Oficina Presidencial de Planes y Proyectos Especiales (Opppe) de playa Los Cocos hay trabajadores de instituciones públicas, voluntarios y familiares. En el edificio Caribe de Tanaguarena, una mole que naufragó el 24 de junio, los rescatistas y allegados de las personas fallecidas continúan buscando sus cuerpos porque no quieren dejarlos en esa sepultura de cabillas y concreto. En casi todas las edificaciones de la zona cero de Caraballeda hay una madre, un hijo, un cuñado, una tía que no se dan por vencidos y que luchan por sacar a sus seres queridos. Las familias de Playa Grande y Catia La Mar continúan en la zona para defender sus propiedades. En otras palabras, hay mucha gente en La Guaira, aunque poco se hable sobre ella.
Con la donación de un bulto de harina de maíz y varios pollos que hizo un señor, las proteínas que aportaron otras voluntades y los vegetales de Finca Dos Aguas se elaboraron los rellenos de las más de 500 arepas que alegraron la tarde en Playa Grande este 2 de septiembre. El arepazo, organizado por el Equipo Vanessa (que lideran los activistas Vanessa Rodríguez, Lisseth Manamá y Jesús Narea), garantizó una cena caliente en un sitio en el que las comidas nocturnas escasean cada vez más.
A las arepas se les dio forma y fuego en planchas rodeadas de estructuras afectadas por los terremotos, bajo un toldo y al lado de carpas que albergan a otros voluntarios. La intención de Rodríguez era garantizar no solo algo caliente, sino hacerlo en el mismo lugar donde la gente “guapea” a diario.
La Guaira es una realidad de múltiples rostros. Pero en todos, es el compromiso del voluntariado (público y privado) el que apuntala la cotidianidad.
