Por Héctor Sánchez, Sociólogo.-
The Daily Journal – En 1990, el politólogo estadounidense Joseph Overton acuñó un concepto que hoy resulta indispensable para comprender cómo las sociedades normalizan lo que en otra época habría sido considerado intolerable, la «ventana de Overton».
Este modelo describe el espectro de ideas y políticas que la opinión pública considera aceptables en un momento dado. Lo que se halla fuera de este marco es calificado como radical, extremo o, sencillamente, tabú.
Sin embargo, este límite no es estático; se desplaza de forma paulatina o abrupta, convirtiendo lo impensable en discutible, y lo discutible en una norma incuestionable.
Lo que Venezuela ha experimentado en los últimos años, y de manera dramática tras los acontecimientos de inicios de 2026, puede interpretarse bajo esta lógica. No obstante, la magnitud de nuestra crisis sobrepasa la teoría, en el caso venezolano, el modelo de Overton se queda corto.
No se trata simplemente de que nos hayan movido la ventana de lo aceptable; la realidad es que han desplazado el edificio completo, con todo y ventanas. En consecuencia, la sociedad se ve empujada a asumir como normales, e incluso deseables, situaciones que atentan flagrantemente contra su propia dignidad y soberanía.
Esta distopía conceptual y material se profundiza sobre un escenario de devastación física. Incluso antes de los sismos del 24 de junio de 2026, el desafío de la reconstrucción ya era mayúsculo: una infraestructura eléctrica en ruinas, un sistema de salud colapsado, una industria petrolera comprometida con intereses extranjeros y un tejido social desgarrado por una polarización estéril.
El ejemplo más nítido de este edificio dislocado es el polémico convenio petrolero firmado el pasado 28 de agosto de 2026 entre el gobierno encargado de Delcy Rodríguez y la administración de Donald Trump. Bajo la retórica oficial de la «diplomacia de paz» y la «recuperación nacional», se oculta una capitulación histórica.
No estamos ante un tratado de cooperación soberana entre dos naciones que deciden resolver sus diferencias, sino ante una transacción asimétrica entre un poder extranjero invasor y una administración interina debilitada que opera bajo el dictado de su propio captor.
Las contradicciones discursivas de este pacto rozan lo inverosímil. Mientras la Casa Blanca y el Departamento de Estado celebran abiertamente concesiones de cien años sobre el subsuelo nacional -reclamando las reservas venezolanas como propias para consolidar una hegemonía que, sumada a la norteamericana, representaría el 60% de las reservas mundiales de crudo-, la narrativa del gobierno interino ofrece una versión diametralmente opuesta.
Delcy Rodríguez insiste en que el acuerdo está limitado a 25 años y que se trata de una «alianza estratégica» que no cede un ápice de soberanía.
¿Dónde reside la verdad? Es imposible determinarlo con certeza porque el contenido real del acuerdo se mantiene bajo el más estricto secreto. No ha sido publicado, no se ha sometido a consulta popular ni ha sido objeto de un debate público legítimo; apenas recibió un aval oscuro y complaciente de la mayoría de la Asamblea Nacional.
Lo que sí resulta indiscutible es que el control efectivo de los campos petroleros más ricos del país se delega en una corporación privada manejada por un miembro de la élite local, cuya conducta y trayectoria se asemejan más a las de un gánster económico que a las de un empresario comprometido con el desarrollo nacional.
El despojo es doble: se comprometen los recursos de las futuras generaciones y, según declaraciones del propio Trump, las ganancias del crudo extraído terminarán financiando conflictos geopolíticos ajenos, como la guerra contra Irán, en lugar de destinarse a la urgente recuperación postsísmica de nuestra destruida infraestructura.
Esta entrega patrimonial del territorio corre en paralelo con una abdicación absoluta de la soberanía política. La Constitución de 1999 establece que la soberanía reside de manera intransferible en el pueblo, prometiendo un tránsito hacia una democracia participativa y protagónica. Hoy, esa promesa ha sido traicionada por una clase política que se aburguesó, se divorció del sufrimiento de las mayorías y se entregó a esquemas de subordinación neocolonial.
El síntoma más degradante de esta pérdida de autonomía se encuentra en las recientes declaraciones de Donald Trump sobre los procesos electorales en nuestro país: «En cuanto a las elecciones en Venezuela, todavía no están preparados para eso. Pero ha habido muchos avances». Que un mandatario extranjero se arrogue desde Washington la potestad de decidir cuándo los venezolanos estamos «preparados» para ejercer el derecho al voto es una humillación intolerable. Sin embargo, la reacción de la dirigencia local de todo signo político evidencia su nivel de sumisión.
En este contexto, la oposición formal se halla atrapada en una contradicción esquizofrénica, por un pragmatismo económico carente de principios, apoya el infame acuerdo petrolero del gobierno interino y al mismo tiempo es incapaz de cuestionar la injerencia de Washington por temor a ser calificada de «antiimperialista» ante los ojos de su tutor extranjero.
El espectáculo es patético, ante el despojo, la oposición opta por la ambigüedad, el silencio cómplice y la distancia calculada, mientras el crudo fluye hacia el norte y el país se queda sin recursos y sin futuro.
El resultado es un espectáculo patético, declaraciones confusas, medias tintas, silencios cómplices, no pueden defender la soberanía sin criticar a sus aliados y no pueden criticar a sus aliados sin perder su principal sostén. Así que eligen la ambigüedad, el sí, pero no, la distancia calculada. Mientras tanto, el acuerdo ultraje hoy sigue adelante. El petróleo fluye hacia el norte. Y los venezolanos seguimos sin saber qué hemos perdido realmente.
De tal suerte, la pregunta que debemos hacernos como pueblo, es si vamos a permitir que la ventana siga corriendo en esa dirección. O si, por el contrario, vamos a cerrar esa ventana de una vez por todas. No con discursos, no con consignas, no con expectativas mesiánicas.
Sino con organización, con memoria, con la certeza de que ni el país ni el petróleo son de Delcy Rodríguez ni de Donald Trump. Y que mientras las élites sigan atrapadas en su juego de sumisión y contradicciones, el pueblo tendrá que construir su propio camino. Sin ellos.
Contra ellos. Porque la historia no ha terminado. Y la ventana siempre se puede volver a correr hacia el lado correcto de la historia.
