La crisis del gas en 2026: sobran reservas, falta infraestructura

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Julio A. López, editor jefe — El mundo tiene gas natural bajo tierra, pero no cuenta con suficiente capacidad para llevarlo hasta donde se necesita, convertirlo en electricidad y hacerlo en los plazos que exige la nueva demanda. La escasez dejó de ser exclusivamente geológica: ahora se concentra en turbinas, gasoductos, redes de transmisión, plantas de licuefacción, terminales, almacenamiento y buques metaneros.

Esa cadena de limitaciones configura una crisis energética silenciosa. No siempre se manifiesta como desabastecimiento inmediato, sino mediante precios regionales muy desiguales, proyectos atrasados y compradores obligados a competir por el mismo cargamento. Europa y Asia pagan una prima por acceder al GNL, mientras que Estados Unidos mantiene la ventaja de producir gas abundante cerca de sus centros de consumo.

El consumo mundial alcanzó otro récord en 2025. La Agencia Internacional de la Energía (IEA) calcula que creció un 1%, unos 40.000 millones de metros cúbicos. Para 2026, sin embargo, prevé una caída cercana al 0,5% debido a los altos precios y las interrupciones ocasionadas por el conflicto en Oriente Medio. Esa contracción no significa que la necesidad haya desaparecido, sino que parte de la demanda quedó insatisfecha o destruida porque el combustible no llegó en cantidad suficiente o a un precio viable.

La presión continuará. La IEA proyecta que la demanda eléctrica mundial crecerá un 3,6% anual entre 2026 y 2030, impulsada por la industria, los vehículos eléctricos, el aire acondicionado y los centros de datos. Estos últimos consumieron cerca de 485 teravatios-hora en 2025 y podrían alcanzar los 950 TWh en 2030. El gas y las renovables encabezarán las fuentes destinadas a atender esa expansión, pero el suministro firme cobra mayor importancia cuando no hay sol, el viento cae o una ola de calor dispara el uso de la refrigeración.

La inteligencia artificial acortó drásticamente el calendario. Un centro de datos puede levantarse en pocos años, mientras que una nueva línea de transmisión, una central eléctrica o una conexión a la red puede requerir mucho más tiempo. Ante la espera, las grandes tecnológicas comenzaron a asegurar la generación propia mediante turbinas y motores a gas instalados dentro de sus complejos.

Pero tampoco existen máquinas suficientes. La IEA reconoce que las turbinas destinadas a nuevas centrales tienen plazos de entrega de varios años y que algunos proyectos podrían postergarse más allá de 2030. GE Vernova, uno de los mayores fabricantes, intenta elevar su producción anual de 20 GW en 2026 a 24 GW en 2028 y a 30 GW en 2030. La compañía espera cerrar este año con al menos 125 GW de equipos de gas contratados, una cartera equivalente a varios años de fabricación.

El cuello de botella se repite en cada etapa. Una planta de licuefacción necesita años para construirse; después requiere gasoductos, electricidad, almacenamiento, barcos y una ruta marítima segura. La interrupción del estrecho de Ormuz, corredor clave para las exportaciones de Catar, demostró que disponer de reservas no garantiza poder entregarlas.

Estados Unidos se convirtió en el gran amortiguador del mercado, pero su margen no es ilimitado. La Administración de Información Energética (EIA) proyecta para 2026 una producción de gas seco de 111,7 mil millones de pies cúbicos diarios, frente a un consumo interno de 92,2 Bcf/d. Las exportaciones de GNL promediarán 17,4 Bcf/d, prácticamente todo el excedente. Además, los despachos aumentaron un 23% durante el primer semestre y la EIA espera que alcancen 18,7 Bcf/d en la primera mitad de 2027.

Eso crea una competencia difícil de resolver: el mismo gas deberá alimentar hogares, industrias y centros de datos estadounidenses, además de abastecer a Europa y Asia. Aun cuando nuevos pozos eleven la producción, cada turbina y cada tren de GNL agregan una obligación de consumo durante décadas.

Europa ha reforzado su capacidad de regasificación y la Comisión Europea asegura que no existe un riesgo inmediato para el próximo invierno. Sin embargo, reconoce inventarios inferiores a los de años anteriores. Su seguridad dependerá del almacenamiento, del clima, de la disponibilidad de cargamentos y de rutas internacionales expuestas a conflictos.

La verdadera crisis, por tanto, no consiste solamente en cuánto gas existe, sino en cuánto puede entregarse a tiempo y a un precio soportable. El mundo subestimó la vida útil del gas como respaldo de la transición energética. Ahora descubre que producir la molécula es apenas el primer paso de una cadena larga, costosa y congestionada.

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