Ricardo Romero Romero
Según Heráclito, la única constante en la vida es el cambio. Y usamos esta premisa para conectarla a un tema que actualmente está inundando los relatos comunicacionales en torno a la ciencia y la tecnología: Inteligencia Artificial (IA). Existen posiciones contradictorias al respecto, algunas vestidas de positivismo y otras un tanto apocalípticas.
En este sentido, la transformación en las dinámicas sociales que surgen en la implementación de las nuevas Tecnologías de la Información y la Comunicación (TIC), nos permite reflexionar sobre un cambio radical en la percepción y la manera en cómo nos relacionamos. Es complejo establecer un balance a este respecto, ya que los cambios en torno a la IA y su impacto ocurren con una velocidad inusitada.
Hay quienes cuestionan, incluso, la pertinencia del concepto. ¿Es realmente una inteligencia? El debate es amplio, partiendo desde las diversas acepciones en torno a este desarrollo tecnológico algorítmico, del cual, pareciera que no sabemos todavía hasta dónde se ha logrado avanzar, ya que los modelos de uso común no son ni de cerca los más optimizados.
Inteligencia humana al ruedo
En los años 70 del siglo XX, Venezuela sorprendió al mundo. Mientras las disputas en torno a la guerra fría estaban en su apogeo, un gobierno decidió apostar por el recurso más valioso: la mente humana. Luis Alberto Machado, abogado, escritor y político caraqueño (1932-2016), fue nombrado Ministro para el Desarrollo de la Inteligencia, un despacho único en la historia mundial.

Su misión era simple en su enunciado pero insurgente en su alcance: demostrar que la inteligencia no es un don fijo del nacimiento, sino una habilidad que puede enseñarse, entrenarse y multiplicarse.
Machado no partía de la nada. Su libro La revolución de la inteligencia, publicado en 1975, ya había sacudido los cimientos del pensamiento pedagógico al afirmar que todos los seres humanos, además de estar dotados de inteligencia, deben tener las condiciones adecuadas para su desarrollo potencial afirmando que «todos tenemos derecho a ser inteligentes».
Desde el ministerio, impulsó proyectos como Aprender a Pensar y el aprendizaje del ajedrez en las escuelas, buscando que los niños venezolanos desarrollaran herramientas cognitivas desde la infancia.
Esta iniciativa tuvo eco internacional: sus ideas fueron aplicadas en España, Uruguay, Chile, Costa Rica, Corea del Sur y hasta China. Figuras como B.F. Skinner y Edward de Bono elogiaron su enfoque, y su asociación con José Antonio Abreu sembró las bases de lo que luego sería el Sistema Nacional de Orquestas Infantiles y Juveniles de Venezuela.
Sin embargo, el proyecto fue abortado en 1984 por razones políticas (¿saboteo o injerencia?) y presupuestarias. Venezuela perdió una oportunidad histórica. Pero las ideas de Machado, como semillas, siguieron brotando.
Un libro adelantado a su tiempo
La revolución de la inteligencia no es un manual de autosuperación. Es una profunda reflexión sobre la naturaleza del pensamiento y una propuesta radical para democratizar la capacidad de crear. Machado parte de un principio que hoy resuena con fuerza en la era de la inteligencia artificial: la inteligencia es, esencialmente, la capacidad de relacionar.
«Se han enseñado las reglas del pensamiento lógico, pero no se ha enseñado las de la producción de pensamientos nuevos. Se ha enseñado cultura, pero no se ha enseñado originalidad. Se ha enseñado los frutos de la inteligencia, pero no se ha enseñado a tener más inteligencia».
Esta crítica al sistema educativo tradicional, que prioriza la repetición sobre la creación, es hoy más vigente que nunca. En un mundo donde las máquinas pueden almacenar y procesar información a velocidades inimaginables, lo que diferencia al ser humano ya no es el conocimiento acumulado, sino la capacidad de generar relaciones nuevas. Machado lo entendió con claridad: «Pensar es relacionar y relacionar es crear».
La IA como espejo: ¿piensan las máquinas como Machado imaginó?
Machado escribió sobre las máquinas que «juegan», «traducen», «componen música» o «pintan cuadros». Se preguntó si sería posible construir una máquina que pensara, y su respuesta fue afirmativa, pero con una distinción crucial:
«Una máquina puede relacionar y por tanto, de acuerdo con lo que veremos que es el pensamiento, una máquina puede pensar. Podría hacerlo aún más perfectamente que el hombre, pero dentro de los límites y condiciones que el hombre le hubiera fijado. El meollo del asunto radica en que una máquina no puede pensar libremente».
Esta intuición es asombrosamente precisa. Los modelos de lenguaje actuales, como ChatGPT-4, DeepSeek, Perplexity o Gemini son extraordinarios en la tarea de relacionar conceptos, generar textos coherentes e incluso componer poesía. Pero están programados. Carecen de esa libertad radical que Machado identificaba como la esencia de lo humano: «Lo que en definitiva diferencia al hombre de la máquina no es el pensamiento, sino la libertad».
La analogía es inevitable. Machado proponía «Medios de Relación» —algoritmos cognitivos, podríamos llamarlos hoy— para optimizar el pensamiento humano. La IA actual utiliza algoritmos de aprendizaje automático para optimizar la generación de respuestas. Ambos parten de la misma base: la inteligencia se puede sistematizar, entrenar y mejorar. La diferencia, insistía Machado, es que la máquina siempre estará programada por el hombre, mientras que el hombre es libre de elegir qué relacionar y para qué.
Vigencia de un postulado: la inteligencia como derecho, no como privilegio
La revolución digital ha traído consigo una nueva forma de desigualdad: la brecha cognitiva. Quienes saben usar la IA para potenciar su pensamiento tendrán ventajas enormes; quienes solo la consumen pasivamente quedarán rezagados. Machado ya advertía contra esta lógica:
«La inteligencia, fundamentalmente, es resultado de la educación. Y, por eso, la educación del mañana será de la competencia de los padres y maestros y también de sociólogos y neurólogos y bioquímicos y pensadores».
Su llamado a romper con el «racismo individualizado» que atribuye la inteligencia a la herencia o la raza, y su insistencia en que «nadie nace genio» sino que todos podemos desarrollar nuestras capacidades, son hoy un antídoto contra el determinismo tecnológico.
La IA no debe ser un instrumento de dominación, sino una herramienta para liberar el potencial humano. Como decía Machado: «No se nace con una inteligencia dada, sino con la capacidad para alcanzarla. Se puede aprender a ser inteligente».
La revolución pendiente
Luis Alberto Machado fue un profeta en su tierra y un adelantado a su tiempo. Su libro, traducido al inglés y publicado en diversas partes del mundo, sigue siendo una referencia para pedagogos y pensadores críticos. Pero su revolución quedó inconclusa. Venezuela, y el mundo, siguen esperando esa transformación educativa que ponga el desarrollo de la inteligencia en el centro de la política pública.
Hoy, cuando la inteligencia artificial nos obliga a repensar qué significa ser humano, las palabras de Machado resuenan con una fuerza inusitada. La verdadera revolución no es la de las máquinas, sino la de las mentes que se atreven a pensar por sí mismas. Como él mismo vislumbró: «Quiero soñar que un día los niños de todos los países del mundo recibirán en las escuelas, cada mañana, lecciones de matemáticas, de historia, de lenguaje, de ciencias… y también de inteligencia».
Ese sueño sigue pendiente. Y la IA, bien usada, podría ser la herramienta que finalmente lo haga realidad. ¿Podremos retomar ese camino señalado por Luis Alberto Machado, al margen de nuestras posturas ideológicas? Venezuela posee infraestructuras vinculadas a la ciencia y la tecnología, se requiere potenciarlas y masificar el pensamiento crítico desde la escolaridad, evitando la “idiotización” y la “infodemia” perniciosa que amenaza a las nuevas generaciones.
