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Julio A. López, editor jefe.— Pensar que resulta casual que el mismo día en que el grupo de ataque del portaaviones USS Nimitz toma posiciones en el Caribe, fiscales federales de Estados Unidos anuncien cargos criminales contra Raúl Castro por el derribo de las avionetas de Hermanos al Rescate en 1996, exige un nivel de ingenuidad política difícil de sostener. En geopolítica, las coincidencias casi nunca existen. Mucho menos cuando involucran portaviones nucleares, acusaciones federales por el asesinato de ciudadanos estadounidenses y el despliegue visible del poder naval más formidable del planeta.
El Comando Sur confirmó oficialmente el despliegue del histórico portaaviones junto al destructor USS Gridley, la Escuadrilla Aérea 17 y el buque logístico USNS Patuxent, como parte de la operación naval “Southern Seas 2026”.
Pocas horas antes, el Departamento de Justicia de Estados Unidos formalizó cargos contra Raúl Castro por su presunta participación en la operación militar que terminó con el derribo de dos aeronaves civiles de la organización Hermanos al Rescate, incidente que dejó cuatro muertos y que durante treinta años permaneció como una herida abierta en la política exterior norteamericana.
La acusación no es únicamente un movimiento judicial. Constituye un mensaje político, militar y psicológico, precisamente cuando un grupo de combate aeronaval estadounidense entra al Caribe bajo condiciones de máxima tensión regional.
El régimen cubano enfrenta hoy una situación infinitamente más frágil que durante la Guerra Fría. La poderosa maquinaria militar que Moscú financió durante décadas prácticamente desapareció con la Unión Soviética. La Fuerza Aérea Cubana opera con enormes limitaciones logísticas y tecnológicas; la Marina carece de capacidad real para enfrentar un conflicto moderno de alta intensidad; y la economía atraviesa, posiblemente, su peor crisis desde el “Período Especial” de los años noventa. Los apagones masivos, la escasez de alimentos, el colapso energético y el éxodo migratorio han erosionado profundamente la estabilidad interna de la isla.
A finales de los años ochenta, según versiones ampliamente comentadas en círculos militares cubanos, Fidel Castro ordenó realizar estudios estratégicos para calcular cuánto tiempo podrían resistir las fuerzas armadas de la isla ante una guerra convencional contra Estados Unidos. Las conclusiones resultaron devastadoras: la aviación y la marina cubanas podrían quedar prácticamente destruidas en menos de 24 horas ante el poder aéreo y naval norteamericano. Los cálculos también contemplaban que, pocas horas después, el ejército de tierra cubano quedaría severamente diezmado ante la abrumadora superioridad tecnológica, satelital, misilística y aérea de las fuerzas armadas estadounidenses. Aquellos análisis pertenecían a una época en la que Cuba aún contaba con abundante armamento soviético, sistemas antiaéreos modernos y decenas de miles de asesores militares extranjeros. Hoy la realidad resulta mucho más precaria.
Donald Trump comprende perfectamente el valor político interno de una política exterior agresiva. Ya ocurrió con Venezuela. Durante meses, Washington preparó silenciosamente el terreno político, diplomático y judicial antes de ejecutar movimientos que acabaron por alterar radicalmente el equilibrio de poder regional. Ninguna gran operación geopolítica comienza el día en que aparece en televisión; normalmente empieza mucho antes, lejos de los reflectores y de los titulares públicos.
Por eso, la reciente visita del director de la CIA a Cuba difícilmente puede interpretarse como un simple gesto diplomático o protocolar.
El fin de la guerra en Medio Oriente y el descenso de los precios del petróleo tendrán efectos inmediatos en los consumidores estadounidenses y fortalecerán políticamente al Partido Republicano de cara a las elecciones legislativas de noviembre.
Durante décadas, “Cuba Libre” fue apenas el nombre de un cóctel asociado al ron y al folclore tropical de la isla. Pero hoy, en medio del rugido de los reactores del USS Nimitz, de los cargos penales contra Raúl Castro y de la creciente presión de Washington, la expresión adquiere un significado mucho más oscuro y literal.
Porque la posibilidad de ver una Cuba verdaderamente libre ya no parece depender ni del ron ni de los discursos diplomáticos. Podría depender, esta vez, del plomo, del inmenso poder de fuego de las fuerzas armadas norteamericanas y de la voluntad política de Donald Trump para terminar, de una vez por todas, con una dictadura que lleva sesenta y siete años aferrada al poder.
En Florida celebrarán la caída del régimen cubano; en Washington festejarán el impulso político y electoral que conducirá al Partido Republicano a una nueva victoria en las elecciones de medio término
