Editorial | Hacia el control total de la economía

Opinión

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Julio A. López, editor jefe.— Los adversarios de Donald J. Trump siempre lo han subestimado. Lo hicieron en 2016, cuando aseguraban que jamás llegaría a la Casa Blanca. Lo hicieron durante su primer mandato, cuando muchos analistas consideraban imposible que transformara la composición ideológica de la Corte Suprema de los Estados Unidos. Y continúan haciéndolo hoy al interpretar cada una de sus decisiones como una reacción impulsiva en lugar de observarlas como parte de una estrategia política de largo plazo.

Trump proviene de una familia de constructores. En ese mundo, los proyectos no se improvisan. La construcción de una torre comienza años antes de colocar el primer ladrillo. Requiere planificación, financiamiento, permisos, estudios de ingeniería y una ejecución disciplinada. Quienes conocen el sector inmobiliario entienden que las grandes obras nacen de una visión estratégica y de una secuencia cuidadosamente diseñada de movimientos.

Muchos de sus críticos ven la política de Trump como una sucesión de episodios aislados. Sin embargo, una mirada más amplia permite detectar un patrón constante: la ocupación progresiva de los centros de poder institucional.

Primero fue la Corte Suprema. Durante su primer mandato nombró a tres magistrados —Neil Gorsuch, Brett Kavanaugh y Amy Coney Barrett—, consolidando una mayoría conservadora que probablemente influirá en la vida política estadounidense durante décadas.

Ahora parece dirigirse hacia otro centro de poder aún más importante: la Reserva Federal.

Controlar políticamente la Casa Blanca es una cosa. Influir en la dirección futura de la Reserva Federal es otra cosa muy distinta. Y allí es donde la historia comienza a ofrecer paralelos interesantes.

Uno de los episodios más estudiados por economistas e historiadores ocurrió durante la campaña presidencial de 1972. En aquel momento, el presidente Richard Nixon enfrentaba su intento de reelección y comprendía perfectamente que una economía fuerte constituía su mejor aliado electoral.

El presidente de la Reserva Federal era entonces Arthur Burns, un economista brillante y antiguo asesor de Nixon. Numerosos estudios históricos, incluidos trabajos de economistas como Allan Meltzer y Burton Abrams, sostienen que Nixon ejerció una intensa presión política sobre Burns para que adoptara una política monetaria expansiva antes de las elecciones.

Burns redujo significativamente las tasas de interés y amplió la oferta monetaria. El resultado fue inmediato. El crédito se volvió más accesible. El mercado inmobiliario se aceleró. El consumo aumentó. La actividad económica se fortaleció. El desempleo cayó. Los ciudadanos percibieron una mejora tangible en su situación económica.

La economía creció aproximadamente un 7% en términos reales en 1972. Nixon ganó la reelección con una de las mayores victorias electorales de la historia política estadounidense, al obtener 49 de los 50 estados.

Los votantes rara vez analizan modelos macroeconómicos complejos. Votan según cómo perciben su situación económica. Si las hipotecas bajan, las bolsas suben, el crédito se expande y el empleo se mantiene sólido, los beneficios políticos podrían ser enormes para la Casa Blanca.

Por eso, la batalla en torno a la Reserva Federal trasciende ampliamente la discusión técnica sobre la inflación o las tasas de interés. Se trata de una lucha por el control de la principal palanca económica del planeta. Y desde esa perspectiva, la estrategia de Trump adquiere una lógica mucho más amplia.

La Casa Blanca ya controla el Poder Ejecutivo. La mayoría conservadora domina la Corte Suprema. El Partido Republicano mantiene una posición de fuerza en el Congreso. Si además logra influir decisivamente en la orientación futura de la Reserva Federal, Trump podría completar algo que pocos presidentes modernos han logrado: una alineación simultánea de los principales centros de poder político, judicial y económico de Estados Unidos.

Esa posibilidad explica por qué la discusión actual genera tanta preocupación entre sus adversarios y tanto entusiasmo entre sus seguidores.

La gran incógnita es si la historia volverá a repetirse.

Arthur Burns ayudó a Nixon a ganar una reelección histórica en 1972.

La pregunta que hoy comienza a recorrer Washington es si una reducción agresiva de las tasas de interés en los próximos meses podría ayudar a Trump a consolidar una nueva mayoría política en las elecciones de medio término de 2026 y cerrar así un ciclo de concentración de poder económico sin precedentes recientes.

Porque quizás el verdadero objetivo ya no sea simplemente gobernar. Quizás el objetivo sea controlar las variables fundamentales que determinan el funcionamiento de la economía más importante del mundo.

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