El doblete sísmico que sacudió a Venezuela dejó a la emblemática zona costera de La Guaira incomunicada, con decenas de edificios colapsados y una ciudadanía que se debate entre la solidaridad extrema y el instinto de supervivencia
Equipo de investigación
The Daily Journal. — El mar Caribe sigue allí, imperturbable, pero la costa que lo bordea ya no es la misma. Tras el devastador doblete sísmico de magnitudes 7,2 y 7,5 que golpeó el centro-norte de Venezuela, el equipo de investigación de The Daily Journal se trasladó al epicentro del desastre —entre Catia La Mar y Playa Grande— y lo que encontró no fue únicamente el paisaje de un desastre estructural, sino el retrato de una sociedad que camina a ciegas entre los escombros.
Cruzar desde Catia La Mar hacia Playa Grande es sumergirse en un vacío digital absoluto. La señal de todas las operadoras telefónicas murió con los sismos, aislando por completo a miles de personas de un país que, del otro lado de las montañas, intenta cuantificar sus muertos. Aquí, la única forma de saber del otro es mirarse a los ojos.
Un laberinto de concreto y “sálvese quien pueda”
El panorama en Playa Grande es desolador. Una hilera de edificios residenciales, otrora símbolos del descanso costero, hoy lucen heridos de muerte. Muchos de ellos están totalmente desplomados, convertidos en sándwiches de concreto de donde emana ya un doloroso e inconfundible olor: el de los cuerpos que el tiempo y las toneladas de hormigón ya empiezan a reclamar.
La respuesta institucional en este punto de la costa se siente desdibujada. Hay maquinaria, sí. Tractores, excavadoras y camiones volteo de la obra pública rugen de fondo, moviendo bloques y despejando vías principales. Sin embargo, los motores suenan sin una partitura clara. Falta un mando unificado, falta organización. Los militares y las fuerzas de seguridad son apenas una presencia anecdótica en un territorio que parece haber quedado en un limbo gubernamental. Los bomberos, desbordados y sin recursos suficientes, hacen lo que pueden en una geografía rota.
Ante el vacío de control territorial, la gente ha asumido el control de su propio destino. Vecinos trepan las montañas de escombros de lo que fueron sus hogares, desafiando la gravedad y las réplicas para rescatar enseres, recuerdos o lo poco que les queda.
Pero la desesperación también muestra su peor cara. El vandalismo y el temor a los saqueos han obligado a los residentes de los edificios que aún se mantienen en pie a militarizarse a sí mismos, organizando guardias y custodias civiles en los portones para defender lo suyo.
Solidaridad, caos y el turismo de la tragedia
En las calles de Playa Grande no hay comercios abiertos. El rugido de los motores no viene del transporte público, sino de miles de motocicletas que van y vienen frenéticamente. En ellas viaja la dicotomía de la condición humana en tiempos de crisis: por un lado, un imponente mar de voluntariado —gente humilde bajando agua, comida y medicinas, o buscando desesperadamente a familiares de los que no saben nada desde hace 24 horas—; por el otro, el amargo espectáculo del turismo de la tragedia. Entre el polvo y el luto, no faltan quienes levantan sus teléfonos celulares para capturar selfies o grabar videos, buscando registrar para la posteridad digital un dolor que no les pertenece.
La Guaira, que ya sabe lo que es ser golpeada por la naturaleza y el olvido, hoy se aferra a las uñas de su gente. Mientras las réplicas continúan y el olor de la tragedia se intensifica bajo el sol caribeño, Playa Grande resiste y espera a que la ayuda y la estructura lleguen antes de que la paciencia colectiva termine de quebrarse.
