Un amigo debe ser un corazón con una gran oreja

Opinión

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Luis Carlos Mata.Me encontraba en Buenos Aires, cursando la etapa final de mi maestría, cuando tuve el privilegio de visitar, como hacía casi cada semana, a monseñor Jorge Mario Bergoglio. En aquel entonces era cardenal; años más tarde el mundo lo conocería como el papa Francisco. Hoy, de feliz memoria, sigue siendo para mí una figura profundamente querida y respetada. Extraño sus palabras sencillas y profundas, su capacidad de acercarse a las personas sin protocolos innecesarios y su manera de ejercer el pastoreo desde la cercanía, la humildad y la misericordia.

La última vez que conversé con él fue en las inmediaciones de la Plaza de Mayo. Venía de celebrar la Eucaristía y, como tantas otras veces, la conversación transitó de lo cotidiano a lo trascendente. En algún momento surgió el tema de la amistad.

Recordamos aquellas palabras de Jesucristo en el Evangelio de San Juan: «Ya no los llamo siervos, sino amigos». A partir de esa frase, el padre Bergoglio compartió conmigo una reflexión que, con el paso de los años, ha adquirido un significado cada vez más profundo.

Para él, la amistad no era simplemente una relación social ni una afinidad circunstancial. Era una vocación del alma. Decía que un verdadero amigo debía tener un corazón inmenso y una gran capacidad de escucha, un corazón grande con una gran oreja y una llave que luego debía arrojar al fondo del océano.

Vivimos en una época en la que abundan las palabras, pero escasea la escucha. Todos desean ser comprendidos; pocos están dispuestos a comprender. Todos quieren ser escuchados; pocos saben escuchar. Sin embargo, la amistad auténtica comienza precisamente allí: en el silencio respetuoso que permite al otro revelar sus alegrías, sus temores, sus dudas y sus heridas.

La reflexión de monseñor Bergoglio sobre la amistad puede resumirse en tres símbolos profundamente humanos y espirituales.

La gran oreja

Representa la escucha activa, libre de prejuicios y abierta a la verdad del otro. Escuchar no consiste únicamente en percibir sonidos; es un acto de humildad. Es reconocer que la experiencia ajena merece atención y respeto. Dios mismo, a lo largo de la tradición bíblica, se presenta como quien escucha el clamor de su pueblo. Quien aprende a escuchar participa, de alguna manera, de esa misma compasión divina.

El corazón

La escucha verdadera no nace de la indiferencia ni de la curiosidad superficial. Nace del corazón. Simboliza la empatía, la misericordia y la capacidad de acompañar. Un amigo escucha no para responder, sino para comprender. Escucha con afecto, paciencia y amor. El corazón transforma la información en comprensión y la comprensión en cercanía humana.

La llave en el mar

Este símbolo representa la confidencialidad absoluta. Una vez que un amigo deposita en nosotros una confidencia, esa información deja de ser nuestra. Se convierte en un tesoro confiado a nuestra custodia. La llave arrojada al mar simboliza el compromiso de guardar silencio cuando la lealtad lo exige. Significa que los secretos confiados descansarán para siempre en las profundidades del respeto y la amistad.

Quizás por eso la amistad es una de las formas más elevadas del amor humano. No exige vínculos de sangre ni contratos. Se sostiene únicamente sobre la confianza. Y la confianza se construye escuchando, comprendiendo y guardando.

Si tuviera que resumir las enseñanzas de aquel pastor argentino que llegó a convertirse en líder espiritual de millones de personas, lo haría con una sencilla imagen: para ser un buen amigo, hay que aprender a tener un gran corazón, una gran oreja y una llave capaz de desaparecer para siempre en el mar.

Porque muchas veces el mayor acto de amor no consiste en hablar, sino en escuchar.

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