Editorial | Venezuela jamás se rinde ante las adversidades

Opinión

Escuche el audio del Editorial aquí: https://clyp.it/sb1ugy0f

Julio A. López, editor jefe. — Hay pueblos que sucumben ante la primera gran adversidad. Otros resisten por un tiempo y terminan cediendo al peso de la historia. Pero existen naciones que parecen haber sido forjadas en un material distinto. Venezuela es una de ellas.

Alguien escribió en las redes sociales que los venezolanos deben provenir de otro planeta. Quizá exageraba, pero cuesta encontrar otra explicación cuando se observa lo que este país ha soportado durante casi tres décadas: una revolución que terminó siendo una inmensa estafa, el colapso de sus instituciones, una epidemia enfrentada sin un sistema público de salud operativo, un ataque de la potencia militar más grande del planeta, ahora, cinco meses después, la peor tragedia natural de su historia.

Cualquier sociedad habría perdido la esperanza. Venezuela no.

Cuando la tierra dejó de temblar y el polvo aún cubría las calles, no aparecieron primero los discursos ni las burocracias. Apareció el pueblo. Hombres y mujeres con las manos desnudas removieron concreto, levantaron vigas, consolaron a desconocidos y rescataron vidas sin preguntar nombres, partidos políticos ni condiciones sociales. Donde faltaron máquinas, sobraron brazos. Donde faltó el Estado, apareció la nación.

Los edificios se derrumbaron, pero el espíritu venezolano permaneció de pie.

No es la primera vez.

Hace más de dos siglos, una pequeña Capitanía General decidió desafiar al imperio más poderoso de su tiempo. Sus soldados cruzaron montañas que Europa consideraba infranqueables y llevaron la libertad desde las costas del Caribe hasta las cumbres del Alto Perú. Los llaneros venezolanos recorrieron miles de kilómetros, no para conquistar territorios, sino para liberar pueblos. Su sangre sembró la independencia en buena parte de América del Sur.

Ese mismo espíritu continúa vivo.

Quizá no esté escrito en los libros de genética, pero sí en la memoria de la historia. Los venezolanos parecen llevar en su ADN un código de resiliencia extraordinario, una voluntad que se fortalece precisamente cuando las circunstancias intentan quebrarla. Cada generación ha enfrentado desafíos distintos y ha encontrado la forma de levantarse.

Hoy tampoco será diferente.

Porque, además de ese capital humano extraordinario, Venezuela posee uno de los mayores patrimonios energéticos del planeta. Sus inmensas reservas de petróleo y gas natural, sus recursos minerales, sus tierras fértiles, sus ríos y el talento de millones de venezolanos dentro y fuera del país constituyen una riqueza que ninguna tragedia puede sepultar.

Las naciones no se reconstruyen únicamente con dinero. Se reconstruyen con el esfuerzo y el trabajo de su pueblo y, sobre todo, con esperanza. Y esa esperanza sigue intacta.

Llegará el día en que las ciudades destruidas volverán a levantarse. Los hospitales volverán a llenarse de vida. Las escuelas abrirán sus puertas nuevamente. La industria petrolera y gasífera recuperará su capacidad productiva. Los puertos volverán a exportar riqueza. Los empresarios y trabajadores venezolanos volverán a demostrar de qué son capaces cuando cuenten con la libertad de crear.

Ese día llegará porque la historia de Venezuela nunca ha sido la historia de un pueblo derrotado; ha sido la historia de un pueblo que siempre encuentra la manera de levantarse.

Podrán caer edificios. Podrán fracasar gobiernos. Podrán equivocarse dirigentes. Incluso la naturaleza podrá golpear con fuerza devastadora.

Pero hay algo que jamás ha logrado destruir.

El espíritu de lucha del pueblo venezolano.

Y mientras ese espíritu permanezca vivo, también permanecerá viva la certeza de que Venezuela volverá a ser una nación libre, próspera y admirada.

Porque hay destinos que no pueden ser derrotados.

Porque el destino de Venezuela nunca ha sido permanecer de rodillas, sino levantarse una y otra vez. Bajo su tierra descansan las mayores reservas de hidrocarburos del planeta, no como una promesa de riqueza fácil, sino como el instrumento con el que una nación habrá de reconstruirse.

El petróleo y el gas serán las columnas sobre las que la nación volverá a levantarse. Pero la verdadera energía de Venezuela jamás brotará de sus pozos. Nacerá del corazón indomable de su gente, del talento de su pueblo, de su dignidad, de su capacidad para perdonar sin olvidar y para construir sin rendirse. Porque los recursos naturales pueden financiar la reconstrucción de un país, pero solo un pueblo valiente e indestructible puede devolverle el alma.

Y mientras exista un solo venezolano dispuesto a luchar por su tierra, habrá esperanza. Porque el futuro de Venezuela no está escrito en sus tragedias, sino en el carácter inmortal de su heroico pueblo.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *