Óscar Reyes Matute.- Cada cuatro años, cuando el árbitro pita el final del partido y un país levanta la Copa del Mundo, la plaza pública se llena de ciudadanos eufóricos convertidos en una marea humana.
Enseguida, los políticos y economistas comienzan a vender la tesis de que la felicidad nacional se traducirá automáticamente en un impulso para la economía.
Es fascinante creer que lo que nos emociona también nos pueda enriquecer. Pero cuando se contrasta el entusiasmo de la celebración con los datos fríos, el relato oficial cae por goleada.
En Alemania (el campeón) durante la Copa del Mundo de 2014, los análisis de patrones de compra revelaron un repunte de hasta un 75 % en el gasto diario promedio de los aficionados.
Los televisores volaron de los anaqueles antes de la final, las plataformas de delivery colapsaron los servicios y los bares se abarrotaron. No obstante, en términos macroeconómicos, este fenómeno padece un sesgo óptico. No se trata de la generación de nueva riqueza, sino de un mero adelantamiento intertemporal del gasto. El televisor comprado para ver la final es el aparato que no se comprará en diciembre; la cerveza consumida durante el festejo es la que se restará del presupuesto de los meses venideros.
La torta económica sigue teniendo la misma dimensión; solo hemos alterado la fecha en que decidimos consumirla.
El verdadero contraste ocurre al elevar la mirada de la factura de compra hacia la variable fundamental: el PIB.
En 2024, una investigación publicada en el Oxford Bulletin of Economics and Statistics por el economista Marco Mello —titulada con cierta ironía «A kick for the GDP»— examinó las trayectorias de los países campeones comparadas con las de los subcampeones desde la perspectiva de los datos de la OCDE.
La conclusión fue categórica: no existe evidencia empírica sólida de que ganar un Mundial impulse de manera sostenible el crecimiento del Producto Interno Bruto (PIB). Es más, la literatura académica documenta una paradoja inquietante: con frecuencia, el ritmo de crecimiento de las naciones ganadoras tiende a desacelerarse en el año posterior al triunfo, mostrando un desempeño comparativamente inferior al del país derrotado en la final.
En julio de 2010, mientras la selección española celebraba en las calles de Madrid su primer título mundial, la economía del país atravesaba una crisis estructural devastadora con una tasa de desempleo que rondaba el 20%. Y apenas dos años después, España se veía obligado a solicitar un rescate financiero a Bruselas para contener el colapso de su sistema bancario. Ninguna cifra de la economía profunda se vio modificada por el peso del trofeo.
Lo que verdaderamente se altera tras una victoria deportiva no pertenece al ámbito de la producción, sino al de las finanzas del comportamiento. En un estudio clásico publicado por el Journal of Finance, los economistas Alex Edmans, Diego García y Øyvind Norli demostraron que el fútbol impacta los mercados a través del estado de ánimo.
Tras una eliminación en rondas decisivas, la bolsa del país perdedor experimenta al día siguiente un castigo inmediato con una caída promedio de 49 puntos básicos (un -0,49 %). Curiosamente, en la bolsa del país ganador, el índice permanece neutro y prácticamente inmune al triunfo.
El desánimo de la derrota hunde las acciones, mientras que la euforia de la victoria se evapora antes de que abra la jornada bursátil.
Esta volatilidad emocional remite de forma directa a los animal spirits conceptualizados por John Maynard Keynes: aquellos impulsos espontáneos y viscerales de optimismo o desánimo que no responden al cálculo racional.
El fútbol es, probablemente, la máquina más eficiente creada por la sociedad moderna para fabricar espíritus animales a escala masiva.
El problema reside en su caducidad. Un estudio científico conducido durante el Mundial de 2014 midió la duración exacta del dividendo emocional en la población campeona: el subidón de felicidad tras el triunfo duraba exactamente dos horas. A la mañana siguiente, la satisfacción con la vida retornaba a sus niveles de base.
Hace dos milenios, el poeta Juvenal criticaba a la sociedad romana acusándola de haber reducido sus aspiraciones al panem et circenses.
Sería una tentación reduccionista calificar la Copa del Mundo como una simple anestesia social; la alegría comunitaria es legítima y valiosa en un entorno fragmentado.
La distorsión aparece cuando se pretende que el circo asuma las funciones del pan. Un país no edifica su prosperidad sobre la épica de noventa minutos, sino sobre la innovación de sus empresas, la inversión en capital humano y las decisiones institucionales que se toman el lunes por la mañana en silencio. Ningún trofeo puede sustituir las reformas estructurales que exige el desarrollo sostenible.
Pero igual: ¡Que viva España, joder!
