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“Debo a la conjunción de un espejo y de una enciclopedia el descubrimiento de Uqbar.”
Julio A. López, editor jefe.- Con esa frase, Jorge Luis Borges abrió la puerta a uno de los cuentos más extraordinarios de la literatura universal. Ya hace muchos años que leí Tlön, Uqbar, Orbis Tertius y no puedo dejar de comparar esa obra con la situación de Venezuela: esa magnífica creación de Borges, en la que un grupo de intelectuales crea un mundo imaginario con tal nivel de detalle que, poco a poco, la ficción termina sustituyendo a la realidad. La enciclopedia deja de describir el mundo para comenzar a fabricarlo.
A veces resulta imposible leer ese relato sin pensar en Venezuela.
Desde hace décadas, distintos actores políticos, tanto dentro como fuera del país, han escrito su propia enciclopedia venezolana. Cada uno ha construido un relato tan completo, tan coherente para sus seguidores que pareciera hablar de un país distinto. Como en Tlön, no existe una sola Venezuela, sino muchas.
Está la Venezuela del oficialismo, donde la economía resiste heroicamente, la producción petrolera avanza sin tropiezos y el gobierno respondió de manera ejemplar y eficiente ante los terremotos del 24 de junio de 2026.
Está la Venezuela de una parte de la oposición, donde el cambio siempre está a la vuelta de la esquina, la transición parece inminente, el próximo anuncio será el definitivo y las próximas elecciones serán muy pronto.
Está la Venezuela de algunos organismos internacionales, reducida casi exclusivamente a estadísticas, indicadores y documentos técnicos que rara vez logran explicar la complejidad humana del país.
Está la Venezuela que venden ciertos analistas nacionales y extranjeros, que muchas veces nunca han recorrido un campo petrolero, una refinería o un pueblo del interior, pero describen el país con una seguridad admirable.
Y también está la Venezuela que imaginan algunos gobiernos.
Hace apenas unas semanas, el propio Donald Trump afirmó que en Venezuela la gente “baila de felicidad en las calles”. La frase podrá responder a una estrategia política o a una interpretación optimista de determinados acontecimientos. Sin embargo, para millones de venezolanos esa descripción resulta tan distante de su experiencia cotidiana como lo era Tlön del planeta Tierra.
No porque Venezuela no tenga motivos para la esperanza. Los tiene. Los venezolanos han demostrado una capacidad extraordinaria para sobrevivir, emprender y reconstruirse. Pero una cosa es la esperanza y otra, muy distinta, es convertir el deseo en una descripción de la realidad. Cualquier similitud con la forma de actuar de los políticos venezolanos de oposición no es solo casualidad literaria sino una triste realidad.
Ese es precisamente el peligro que Borges advirtió hace más de ochenta años.
En Tlön, las personas terminan creyendo más en la enciclopedia que en aquello que tienen delante de sus propios ojos. El relato se vuelve más poderoso que los hechos. La descripción sustituye a la experiencia. La ficción desplaza a la realidad.
Algo parecido ocurre cuando el debate sobre Venezuela deja de basarse en datos verificables y pasa a apoyarse exclusivamente en narrativas políticas. Cada sector selecciona los hechos que le convienen, ignora los que lo contradicen y termina construyendo una Venezuela perfectamente consistente… pero profundamente incompleta.
El resultado es un país en el que todos hablan de Venezuela, pero muy pocos parecen hablar del mismo lugar. Bienvenidos a Tlön del siglo XXI, bañado en realismo mágico con una sobredosis de esteroides.
Paradójicamente, el mayor riesgo no consiste en mentir. Consiste en repetir una historia tantas veces que termina aceptándose como verdad, incluso por quienes viven dentro de ella.
Borges comprendió que los espejos no solo reflejan. También deforman. Y las enciclopedias no solo registran el conocimiento. También pueden otorgarle autoridad a una ficción.
Quizás hoy necesitemos hacer exactamente lo contrario.
Necesitamos romper algunas enciclopedias y volver a mirar el espejo.
El espejo de los hospitales que aún esperan recursos suficientes. El de los trabajadores petroleros que mantienen operativa una industria en condiciones que pondrían de rodillas a muchas empresas del primer mundo. El de los millones de venezolanos que emigraron sin dejar de pensar en regresar. El de los empresarios que siguen apostando por el país. El de quienes aún creen que Venezuela puede volver a convertirse en una potencia energética. El de los miles de damnificados por los terremotos más mortíferos de la historia del país.
Porque la reconstrucción de Venezuela no comenzará cuando todos piensen igual.
Comenzará cuando todos aceptemos mirar el mismo espejo.
Solo entonces dejaremos de vivir en Tlön y, por fin, volveremos a encontrarnos con Venezuela.
