Dr. Juan Barreto. Director para Venezuela y LATAM.- Hoy, según el cristal de los intereses, se celebran dos fechas. Por un lado, lo que queda del chavismo madurista celebra el cumpleaños número 72 del presidente Hugo Chávez. Por el otro, la oposición sale a las calles a recordar el triunfo electoral indiscutible sobre el madurismo por parte de Edmundo González Urrutia. Habría que puntualizar la naturaleza de esta fecha partida en dos.
Por un lado, el madurismo en su nueva versión descafeinada, el rodriguismo, celebra de manera timorata el cumpleaños de Chávez, olvidando que hace dos años hubo una elección controvertida, por decir lo menos, en donde Nicolás Maduro no pudo demostrar, sin lugar a dudas, que había ganado las elecciones. Siguen en negación y esa es su peor derrota. Nunca se presentaron los resultados de manera desagregada, mesa por mesa, como es tradicional, y se silenció al Consejo Nacional Electoral, el cual, según denuncias de Enrique Márquez, no hizo las auditorías técnicas correspondientes. Este proceso electoral quedó empañado por denuncias de los organismos internacionales observadores acreditados por el propio Estado para participar como tales en las elecciones. De manera que los efectos de ese episodio siguen impactando como réplicas sísmicas en el presente. Maduro se proclama sin demostrar su triunfo. Y a partir de ese momento, como dice el refrán, «de aquellos polvos vienen estos lodos».
La oposición hoy también conmemora, pero sin admitir que no pudo hacer valer el triunfo. Sale a la calle sin un plan claro, sin solución de continuidad, sin posibilidad de escalada a partir de las movilizaciones de hoy y sin una propuesta clara en un momento difícil donde hay divisiones.
Las concentraciones de hoy se redujeron a grupos de personas pertenecientes, en general, a un solo partido: Vente Venezuela, el partido de María Corina Machado. Y algunos malintencionados dicen que esta convocatoria, asumida y monopolizada de manera sectaria por un solo partido, fortalece el proceso de debilitamiento de María Corina, quien ahora pasaría a ser solamente la líder de una organización grande, el partido tal vez mayoritario, de la oposición más mediáticamente publicitada. Pero al menos salen a las calles.
Hay otros en algo parecido a la terapia intensiva o la momificación. La oposición parlamentaria en general guardó silencio ante las dos fechas, un silencio que pareciera más bien un secreto, y no hubo más pronunciamientos que uno que otro tuit, por ejemplo, el de Capriles Radonski. Cada uno de los sectores de la oposición da la espalda al otro y surge un nuevo sector avalado por Washington: la AN 2015.
El chavismo, en negación de lo que ocurrió hace dos años en términos electorales, y la oposición, cerrándose sobre sí misma, dividiéndose y mostrando sus costuras. Bloques sectarizándose cada vez más, negando cualquier vía de encuentro y de diálogo.
Por un lado está el sector de la oposición parlamentaria que cada día desaparece más del tablero y se convierte en un fantasma, ni siquiera un recuerdo. Por otro, los fragmentos enfrentados de los radicales. Pero la cosa no está mejor en el chavismo madurista: unos dicen que la situación actual es un «mientras tanto» pragmático, y otros se revuelcan en la calle reclamándole al imperialismo. Ya se atreven a desafiar al gobierno, rompen el silencio cómplice y salen a quemar banderas, enfrentando a Delcy Rodríguez. En la acostumbrada rueda de prensa del lunes, el PSUV no hizo ni un comentario de esta crisis interna. La carga va por dentro. El madurismo rodriguista, que se mantiene en el poder a partir de una relación tutelada con los Estados Unidos, no sabe cómo manejar la disidencia. Este cuadro de mucha complejidad anuncia lo que va a marcar el escenario de las conversaciones entre el gobierno de Delcy Rodríguez y un sector de la oposición que hoy es reconocido por Marco Rubio y el gobierno de los Estados Unidos. Conversación que comienza el primero de agosto. El PSUV ya marcó la agenda: ellos piensan hablar sobre el bloqueo, las sanciones económicas que han afectado al país y hablan de «la paz», pero en términos abstractos, como si la paz fuera orden público o control policial; están atascados en el discurso anterior al 3 de enero.
Por el otro lado, Dinorah Figuera, vocera de la Asamblea 2015, habla de una agenda amplia de reinstitucionalización que supone un nuevo CNE y un nuevo Tribunal Supremo de Justicia, pero sin fecha. Pareciera que todos están estirando la arruga. ¿Hay un acuerdo ya entre ellos? ¿Es una cortina de humo como dijimos ayer, o comienza un turbulento proceso de cambio? ¿EE.UU. tiene la última palabra, o hay margen de maniobra de los actores internos?
