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Julio A. López, editor jefe.– Mi trabajo y el interés de nuestros lectores me llevan a mantener una comunicación diaria con expertos en hidrocarburos, a quienes consultamos constantemente sobre una amplia gama de temas de la industria.
No hablamos solo con teóricos y académicos, aunque también ellos nos ayudan; hablamos con quienes han sido protagonistas de la industria petrolera venezolana en las últimas décadas, como el Dr. Humberto Calderón Berti, artífice de una política petrolera que llevó a Venezuela a convertirse en potencia energética global tras la nacionalización de 1976, cuando nació Petróleos de Venezuela (Pdvsa) sobre el legado de las transnacionales petroleras extranjeras. Contamos también con la cercanía de un maestro que adopté como mentor, el doctor Evanán Romero, con quien cada conversación es una clase magistral que me nutre de datos que luego transmito a nuestros lectores.
Jesús Aboud, ex gerente general del proyecto Mariscal Sucre; Ramón Castro, con 35 años de experiencia en puestos estratégicos de la industria; o mi amigo José Pereira, ex CEO de Citgo, y muchos otros colaboradores tienen visiones, matices y soluciones distintos, pero todos, todos coinciden en algo: Citgo es un activo estratégico que Venezuela debe defender y conservar.
Venezuela aprendió hace décadas que producir petróleo no bastaba. También había que controlar el recorrido hasta el consumidor. Esa fue la lógica de la internacionalización de Pdvsa: asegurar la capacidad de refinación y mercados permanentes para nuestros crudos, en particular los pesados.
Hoy, Citgo opera tres refinerías —Lake Charles, Corpus Christi y Lemont— con una capacidad conjunta de aproximadamente 829.000 barriles diarios. Lake Charles puede procesar 479.000 b/d; Lemont, diseñada para manejar crudos pesados, 183.000 b/d; y Corpus Christi, 167.000 b/d. En 2025 procesó un récord de 760.000 b/d de crudo, alcanzó un promedio de utilización del 92%, obtuvo US$452 millones de utilidad neta y cerró el año con US$2.450 millones de liquidez.
Citgo vale mucho más para Venezuela que una cifra escrita en un balance. Es el extremo aguas abajo de una cadena que comienza en el Lago de Maracaibo o en la Faja del Orinoco y termina en combustibles vendidos directamente al consumidor norteamericano. Incluso su experiencia en grandes paradas de planta y en mantenimiento resulta especialmente valiosa para un país que necesitará rehabilitar buena parte de su infraestructura petrolera.
Citgo no es simplemente una empresa que Venezuela posee en Estados Unidos. Es una cabeza de playa industrial construida a lo largo de décadas.
Y hoy está amenazada.
El proceso judicial contra la matriz de Citgo en Delaware para atender las reclamaciones de los acreedores está en su etapa final. Venezuela no puede observar este proceso como quien contempla desde la acera el remate de una casa ajena. Cualquier solución debe reconocer las obligaciones legítimas, pero también procurar preservar el máximo valor posible de un activo cuya importancia será aún mayor cuando el país recupere la producción.
La historia petrolera venezolana comenzó a cambiar radicalmente con los grandes descubrimientos del siglo XX, alcanzó su punto culminante con la nacionalización y luego comprendió que la soberanía petrolera no se limitaba a poseer el yacimiento: también implicaba participar en la refinación, el transporte y los mercados. Citgo fue una de las expresiones más sofisticadas de aquella visión.
El Gobierno de Estados Unidos ha extendido una licencia protectora sobre Citgo hasta el 17 de septiembre de 2026, congelando el remate judicial que pretende subastarla por mucho menos de su valor real. Sería una irresponsabilidad histórica que los venezolanos no hiciéramos todo lo posible por resguardar ese activo; la nacionalización nos enseñó que la soberanía sobre los recursos se construye y se defiende, nunca se regala.
La historia ofrece una imagen brutal.
No podemos permitir que nos ocurra lo que le sucedió al último rey nazarí de Granada. Muhammad XII, conocido como Boabdil, entregó el 2 de enero de 1492 las llaves de la Alhambra —la joya arquitectónica de al-Ándalus, símbolo de siete siglos de presencia musulmana en la península ibérica— a los Reyes Católicos, Fernando e Isabel, sin librar la batalla final. Camino al exilio, se detuvo en un promontorio hoy llamado «El Suspiro del Moro», cerca de Padul, para mirar por última vez su reino perdido y su maravilloso palacio, y allí lloró.
Su madre, Aixa, al ver las lágrimas de su hijo, le dijo una frase que la historia no ha olvidado: “Llora como mujer lo que no supiste defender como hombre”.
Que esa lección, tallada en piedra granadina y en la memoria de los pueblos, nos recuerde que los activos que no se defienden se pierden. Citgo no puede ser nuestra Alhambra entregada sin pelear.
