Networking en la era Trump

Opinión

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Julio A. López, editor jefe.- El golf ha sido durante años el deporte insignia del poder estadounidense: Donald Trump lo convirtió en un escenario habitual de negociaciones, alianzas políticas y fotos con líderes mundiales. Pero mientras el presidente sigue firmando decisiones entre hoyo y hoyo, un sector de las élites empresariales de Estados Unidos empieza a mirar hacia otro lado del tablero deportivo: el polo, el deporte histórico de la realeza británica, que gana terreno como plataforma de networking de alto nivel.

El polo, deporte de reyes

Conocido desde hace siglos como «el deporte de los reyes», el polo tiene una profunda asociación con la Corona británica. Fue Lord Mountbatten quien introdujo la afición en la familia real tras descubrirla en la India en la década de 1920. Desde entonces, el príncipe Felipe, esposo de la reina Isabel II, se convirtió en uno de los mejores jugadores del país antes de retirarse por artritis, y el rey Carlos III compitió profesionalmente durante décadas, además de usar el deporte para recaudar fondos benéficos. Esa tradición continúa hoy: el príncipe William, pese a ser zurdo —una rareza en un deporte que solo se juega con la derecha—, mantiene una destacada trayectoria en el circuito, y el Guards Polo Club de Windsor, del que Carlos III es actualmente presidente honorario, sigue siendo uno de los templos del deporte.

Más allá de la tradición real, el polo conserva un marcado componente de exclusividad social. Los partidos suelen disputarse en fincas privadas, los jugadores mantienen cuadras propias de caballos de élite, y el ritual completo —del vestuario a los intervalos para «pisar el césped»— funciona tanto como espectáculo deportivo como teatro social. Esa combinación de tradición, disciplina y refinamiento explica por qué, durante generaciones, el polo ha sido un terreno fértil para que la aristocracia y las grandes fortunas construyan vínculos personales y de negocios fuera del ojo público.

De Windsor a Florida: el polo como estrategia empresarial

Esa lógica empieza a replicarse en Estados Unidos, y Florida es uno de sus epicentros. El ejemplo más reciente es el City Business Polo Cup, un evento que debuta en The Villages Polo Club, en el centro del estado, y que se presenta explícitamente como una alternativa a los formatos tradicionales de networking empresarial. Según sus organizadores, la propuesta busca crear espacios donde las conexiones no dependan del volumen de contactos sino de la afinidad y el contexto, reuniendo a empresarios, inversionistas y profesionales de sectores de alto impacto en un entorno curado, con partidos de polo, gastronomía y hospitalidad prémium como telón de fondo.

El fenómeno no es exclusivamente floridano. Clubes como el Santa Barbara Polo & Racquet Club, en California, llevan más de un siglo combinando el deporte con la vida social de las élites, y hasta la propia familia real británica lo ha usado como puente diplomático y comercial: en una visita de William y Kate a California, el partido de polo formó parte de una agenda que combinaba causas benéficas con la promoción de lazos comerciales entre el Reino Unido y Estados Unidos.

Un contraste generacional y cultural

El golf, arraigado en la cultura corporativa estadounidense desde hace décadas, sigue siendo el deporte de referencia para buena parte del establishment político y empresarial del país, con Trump como su exponente más visible: dueño de una cadena de clubes de golf y anfitrión frecuente de reuniones informales en sus campos. El polo, en cambio, ofrece a las nuevas generaciones de la élite empresarial estadounidense una alternativa con otro código: menos accesible en apariencia, pero con un atractivo renovado como símbolo de sofisticación, tradición y pertenencia a un círculo selecto, en sintonía con el prestigio que el deporte mantiene entre la aristocracia europea.

Para sus impulsores en Florida, la apuesta responde a un cambio más amplio en la forma en que ciertas industrias entienden el vínculo entre deporte y negocios: en lugar de réplicas de esquemas tradicionales, plantean experiencias en las que la estrategia, el acceso y el contexto se combinan para generar relaciones de mayor valor y, según sostienen, más sostenibles en el tiempo que el intercambio de tarjetas en un cóctel convencional.