Editorial | Réquiem para un futuro

Opinión

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Julio A. López, editor jefe. — La reunión de dirigentes opositores venezolanos en Panamá produjo algo mucho más peligroso que una simple polémica política: generó desconcierto moral, frustración colectiva y una sensación de vacío entre millones de venezolanos que durante años depositaron sus esperanzas en la idea de una ruptura definitiva con la vieja manera de hacer política.

En otro editorial calificamos aquel encuentro como una “Cofradía de irrelevantes”, e incluso tratamos de suavizar el lenguaje ante una escena que todavía hoy muchos venezolanos no logran comprender. Tal vez pecamos de ingenuidad. Porque lo ocurrido en Panamá no fue solamente una reunión política; fue una colisión frontal entre la narrativa del cambio y la imagen de un país cansado de pactos, de símbolos reciclados y de rostros asociados al fracaso histórico de Venezuela.

Durante las últimas 24 horas permanecí pegado al teléfono intentando entender lo que nadie ha podido explicar de manera convincente: ¿por qué María Corina Machado, quien durante más de dos décadas construyó un liderazgo basado precisamente en diferenciarse de la vieja política, terminó sentada junto a sectores que, para buena parte del país, representan exactamente aquello que los venezolanos desean superar?

La magnitud de la reacción popular tomó por sorpresa incluso a muchos de sus propios aliados. Las redes sociales explotaron con una mezcla de decepción, incredulidad y rabia. No se trató de una campaña coordinada de propaganda ni de laboratorios digitales. Fue algo más profundo: un rechazo orgánico, emocional y espontáneo. La gente sintió que algo se había roto.

Y en política, las percepciones importan tanto como los hechos.

La historia venezolana está llena de errores estratégicos que destruyeron liderazgos aparentemente indestructibles. Tal vez el caso más emblemático sigue siendo el de Irene Sáez, quien a comienzos de 1998 encabezaba cómodamente las preferencias presidenciales hasta que aceptó el respaldo de los partidos tradicionales desacreditados por la población. Aquella decisión pulverizó su narrativa antisistema y abrió el camino definitivo para Hugo Chávez.

Las comparaciones históricas nunca son exactas, pero las señales sí resultan inquietantes.

María Corina Machado no pierde automáticamente su liderazgo por una reunión equivocada. Sería absurdo afirmarlo. Lo construido durante veinte años no desaparece en cuarenta y ocho horas. Su trayectoria, su capacidad de resistencia y el capital político acumulado siguen siendo enormes. Sin embargo, también es cierto que el daño político ya existe y que ignorarlo sería aún más peligroso.

Porque la política moderna funciona sobre símbolos, emociones y coherencia narrativa. Y el ciudadano venezolano promedio no analiza estas reuniones como un académico ni como un diplomático; las interpreta desde el agotamiento emocional de décadas de engaños, pactos fallidos y falsas transiciones.

Muchos intentaron justificar el encuentro alegando presiones internacionales o supuestas exigencias de Washington. Esa explicación tampoco parece sostenerse del todo. Desde hace años, sectores del poder estadounidense desconfían profundamente de buena parte de la dirigencia política venezolana, tanto oficialista como opositora. Las autoridades norteamericanas ya no dependen exclusivamente de informes diplomáticos ni de la inteligencia tradicional para entender lo que ocurre en Venezuela. La tecnología actual les permite medir en tiempo real las tendencias sociales, las emociones colectivas y el comportamiento digital. Saben perfectamente el nivel de rechazo que provocó la reunión de Panamá.

Y allí aparece el verdadero problema: cuando un liderazgo que simbolizaba la ruptura comienza a ser percibido como parte del mismo ecosistema político que prometió reemplazar, el vacío que se abre puede ser rápidamente llenado por aventureros, oportunistas o figuras improvisadas.

Venezuela ya recorrió ese camino antes.

La tragedia venezolana nació de los errores, desconexiones y cegueras de una dirigencia incapaz de entender el cansancio social del país. El colapso de la democracia ocurrió cuando la sociedad dejó de sentirse representada.

Por eso este editorial no pretende destruir a María Corina Machado. Todo lo contrario. Busca advertir del enorme riesgo de repetir patrones históricos que terminaron por devastar a Venezuela.

A veces los liderazgos no caen por corrupción, traición o incapacidad. A veces comienzan a fracturarse cuando dejan de interpretar correctamente el estado emocional de su propia sociedad.

Y en este momento, Venezuela no quiere fotografías de unidad con figuras recicladas. Venezuela quiere señales claras de renovación, coherencia y una ruptura real con el pasado.

Porque cuando los pueblos sienten que el futuro empieza a parecerse demasiado al pasado, buscan desesperadamente otra alternativa.

Y casi siempre se equivocan.

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