¿Propuesta de campaña?: la gran metáfora

Opinión

Estefany Sánchez V., Corresponsal en Chile.– Entender por qué ocurren ciertos fenómenos sociales y políticos es la mejor defensa contra la tentación de caer en ellos. Estudiar el pasado no garantiza la sabiduría, pero ignorarlo sí garantiza algo: aumentar considerablemente las probabilidades de cometer los mismos errores con un entusiasmo renovado.

Nietzsche sostenía que determinados comportamientos humanos tienden a repetirse porque las pasiones, las ambiciones y las debilidades que los originan reaparecen constantemente. Cambian los nombres, los discursos, los colores de las campañas y hasta las plataformas digitales donde se difunden las promesas, pero la naturaleza humana conserva una sorprendente capacidad para tropezar con piedras que ya conoce. Por ello, el estudio del pasado es importante para cualquier sociedad que aspire a progresar. Y Venezuela, por supuesto, no constituye una excepción a esta regla.

Un ejemplo puede observarse en Chile. Durante la campaña presidencial, Kast, candidato de derecha, centró su discurso en la lucha contra la inseguridad y el control de la migración irregular, presentando estos temas como prioridades absolutas de un eventual gobierno. Sin embargo, varias de esas propuestas han sido descartadas y ajustadas a la realidad. La propuesta de un plan de seguridad estricto terminó en el imaginario colectivo, ya que carecía de plan, por lo que recurrieron al propuesto por el gobierno anterior, de Boric, alegando que era suficientemente bueno para continuarlo. Irónico, ¿no? Si era la principal crítica y cuestionamiento.

Otro ejemplo, los deudores del CAE (Crédito con Garantía Estatal -para estudiantes de pregrado-) vieron sus cuentas vaciadas, dejando a algunos sin recursos para cubrir arriendos y servicios básicos. La lección fue amarga; descubrieron que las instituciones pueden ser eficientes cuando se trata de recaudar, aunque no siempre demuestren la misma rapidez para comprender la realidad social. Mientras se preocupan por aumentar la recaudación fiscal con los más vulnerables, bajan el presupuesto de los programas sociales en áreas de educación, salud y seguridad.

Entonces, las campañas suelen simplificar problemas complejos y ofrecer soluciones aparentemente inmediatas a desafíos que requieren acuerdos, recursos, tiempo y, sobre todo, una dosis considerable de participación. Cuando votamos movidos por la rabia o el deseo de castigar a quienes gobiernan, corremos el riesgo de depositar expectativas desproporcionadas en promesas que inevitablemente terminan chocando contra la realidad.

La lección resulta relevante para Venezuela. En una sociedad marcada por profundas divisiones políticas, donde el llegar a un consenso y el voto no deberían ser un acto impulsivo ni una reacción emocional frente al descontento, sino una decisión consciente orientada a fortalecer la democracia y la confianza en las instituciones. Comprender el error del otro no significa condenarlo; significa analizarlo para evitar reproducirlo. Ninguna persona y ninguna sociedad están inmunes a equivocarse. Por ello, la responsabilidad ciudadana consiste en ejercer la razón por encima de la pasión, el análisis por encima del eslogan y la memoria por encima de la conveniencia política del momento. Solo así podremos romper el ciclo de la ignorancia y construir decisiones colectivas más prudentes, sin extremos.

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