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Julio A. López, editor jefe.- El estrecho de Bab el-Mandeb y el mar Rojo permanecen técnicamente abiertos al tráfico marítimo, pero el riesgo operativo para los buques que los cruzan no ha dejado de aumentar desde que los hutíes declararon un bloqueo naval contra Arabia Saudita, en el marco de una guerra regional que ya lleva más de cinco meses.
Un bloqueo declarado como represalia
El bloqueo fue anunciado por los hutíes el pasado 20 de julio, en represalia por ataques atribuidos a Arabia Saudita contra el aeropuerto de Saná, la capital yemení. El grupo, alineado con Irán, lo enmarcó bajo el principio de “ojo por ojo” y lo dirigió específicamente contra el tráfico vinculado al reino saudí, más de una década después de que este tomara el control de Saná en 2014. Arabia Saudita condenó la medida.
El anuncio se produce en un contexto crítico: el estrecho de Ormuz permanece efectivamente cerrado desde finales de febrero, cuando estalló la guerra entre Estados Unidos e Israel contra Irán. Analistas advierten que un cierre adicional de Bab el-Mandeb podría bloquear hasta el 25% del suministro mundial de petróleo y gas, dado que ambos estrechos concentran una porción crítica del comercio energético global.
La ruta que Arabia Saudita no puede permitirse perder
Ante el cierre de Ormuz, Arabia Saudita había apostado por su oleoducto Este-Oeste, conocido como Petroline, que transporta crudo desde el yacimiento de Abqaiq hasta el puerto de Yanbu, en el Mar Rojo, con capacidad para bombear unos 7 millones de barriles diarios. Desde allí, los petroleros cruzan Bab el-Mandeb hacia los principales mercados asiáticos.
Datos de rastreo satelital de Kpler y Signal Ocean muestran que los envíos desde Yanbu promediaron 4 millones de barriles diarios en las últimas semanas, muy por encima de los apenas 973.000 barriles diarios registrados un año antes, lo que evidencia cuánto peso había ganado esta ruta como válvula de escape saudí.
En junio, el volumen total de crudo y derivados que transitó por Bab el-Mandeb alcanzó los 7,4 millones de barriles diarios —cerca del 7% de la producción petrolera mundial—, frente a 4,2 millones de barriles diarios un año atrás, según la misma consultora. China, Corea del Sur, Japón e India figuran entre los principales compradores del crudo saudí que depende de ese corredor, lo que explica por qué cualquier interrupción allí repercute de inmediato en las refinerías asiáticas.
Desvíos y sobrecostos, la respuesta del mercado
Aunque el estrecho no ha sido cerrado formalmente, el bloqueo anunciado por los hutíes ya está produciendo efectos concretos. Varias navieras han optado por desviar sus buques hacia la ruta alternativa por el Canal de Suez y el Cabo de Buena Esperanza, lo que añade hasta 30 días de navegación y dispara los costos de flete, de combustible y de cobertura de guerra.
En paralelo, las aseguradoras del mercado de Lloyd’s de Londres han comenzado a restringir o cancelar directamente la cobertura para buques con cualquier vínculo con Arabia Saudita, una medida que podría terminar teniendo un efecto más disruptivo que el propio bloqueo hutí, al dejar sin opciones de aseguramiento a una parte de la flota.
Antecedentes: no es la primera vez
El patrón no es inédito. Arabia Saudita ya había suspendido temporalmente los envíos de crudo por Bab el-Mandeb en 2018, tras un ataque de los hutíes contra dos petroleros saudíes, y los restableció días después, una vez reforzada la protección naval. La diferencia, esta vez, es el contexto: la crisis actual se produce en simultáneo con el cierre del estrecho de Ormuz por la guerra entre Estados Unidos, Israel e Irán, lo que deja a Riad sin una ruta marítima plenamente segura en ninguno de sus dos frentes de exportación.
Lo que viene
Analistas consultados por medios especializados no descartan una intervención internacional si la situación se agrava: potencias europeas, Egipto y Estados Unidos tienen intereses directos en preservar la libertad de navegación en estas rutas. Mientras tanto, Arabia Saudita, junto a Irak y los Emiratos Árabes Unidos, explora la construcción o ampliación de oleoductos que permitan transportar crudo por tierra y reducir la dependencia de las rutas marítimas, aunque ese tipo de infraestructura podría tardar años en materializarse.
