¿Quién elige y decide hoy en Venezuela?

Opinión

Héctor Sánchez

La Constitución de la República Bolivariana de Venezuela es taxativa: la soberanía reside intransferiblemente en el pueblo. Este principio, que en 1999 prometía una transición de una democracia representativa a una participativa y protagónica, hoy parece haber claudicado.

Como ha venido señalando el sociólogo y profesor de la UCV Javier Biardeau, se ha traicionado la promesa de democratización del poder, dejando al pueblo a merced de una nueva clase que se aburguesó y se alejó del sufrimiento cotidiano para entregarse no solo a intereses personales sino al imperialismo mismo.

El mejor y más reciente ejemplo son las declaraciones de Donald Trump sobre las elecciones en Venezuela: “en cuanto a las elecciones en Venezuela, todavía no están preparados para eso. Pero ha habido muchos avances». El síntoma más degradante de esta pérdida de autonomía son dichas declaraciones, quien desde Washington asume la potestad de decidir cuándo los venezolanos estarán «preparados» para votar.

Pudo haber dicho a mediados, a finales o a principio de la semana que viene, o en el 2027 o quizás en el 2030, pero el problema no es ese. El problema es ¿quién es Donald Trump para decidir cuándo elegimos las venezolanas y venezolanos al presidente de nuestro país? ¿Y por quélos funcionarios nacionales de todo pelaje asumen sus órdenes como un mandato?

Las distintas faccionespolíticas parecen haber renunciado a cualquier proyecto nacional autónomo, limitándose a disputar el favor de la Casa Blanca para ser ellos quienes administren la servidumbre.
Esta injerencia no es solo política; es un control patrimonial sobre el territorio. Trump afirma que Estados Unidos posee las reservas petroleras venezolanas y que la riqueza extraída ha financiado conflictos ajenos a nuestro interés nacional.

En esa misma rueda de prensa volvió a hablar del magnífico negocio que representa nuestro país. Tanto que ya no depende del Estrecho de Ormuz para el negocio petrolero. “Junto a Venezuela poseemos el 60% de las reservas mundiales de petróleo” dijo. “El petróleo extraído en Venezuela ha pagado la guerra contra Irán varios períodos”.

Cabe hacerse las siguientes preguntas: ¿en qué momento las riquezas nacionales, incluyendo el petróleo, pasaron a ser activos de los Estados Unidos? ¿Cómo es posible que nuestro país, necesitado, como nunca, de recursos para pagar su recuperación a la cual ahora se agrega la post-sísmica, no los pueda manejar libremente y ni siquiera acceder a las ganancias que genera, pues buena parte de ella –según el mismo Trump- se la queda los Estados Unidos para financiar su guerra contra Irán?

Mientras que de nuestra dirigencia política tenemos: por un lado, que el gobierno del presidente secuestrado ahora sirve al secuestrador y por el otro, una oposición que lo único que le molesta es no ser ellos quienes le sirven más velozmente al secuestrador. Además la invasión gringa en sí -que también por su puesto es destructiva- define nuestra desgracia actual.

La pregunta, entonces, no es ¿Cuándo serán las elecciones presidenciales? La pregunta es ¿Quién decide en Venezuela? Desde las elecciones hasta la administración de nuestras riquezas y el acceso a los recursos que necesitamos para recuperarnos.

Y la respuesta, hoy por hoy, es brutalmente simple: no lo decide el pueblo venezolano. Lo decide un señor que vive en la Casa Blanca y que habla de nuestro país como si fuera una propiedad más de su imperio inmobiliario. Lo deciden sus emisarios, que recorren Caracas dando órdenes y recibiendo genuflexiones.

Lo deciden, en fin, los mismos de siempre: los que nos han gobernado mal y los que han aspirado a gobernarnos peor, ambos convertidos en comparsas de un poder extranjero que no conoce nuestras calles, no sabe nuestros nombres, no entiende nuestra historia, nuestra idiosincrasia.
Y mientras ellos discuten si las elecciones son en diciembre, en julio de 2027 o en 2030, el país sigue desangrándose.

Antes de los terremotos del 24 de junio, el reto de la recuperación nacional ya era mayúsculo. La infraestructura eléctrica estaba en ruinas, el sistema de salud colapsado, la industria petrolera entregada a empresas extranjeras, el tejido social desgarrado por años de una estéril polarización y violencia. Era un desafío monumental, casi imposible.

Pero después de los sismos, la magnitud de lo que hay que reconstruir es abrumador. Cientos de edificaciones derrumbadas, carreteras partidas, miles de muertos y heridos, damnificados, desempleados, familias enteras que lo han perdido todo. Un país que estaba luchando por levantarse del suelo, ahora tiene que levantarse de entre los escombros.

Y, sin embargo, los que deberían estar liderando esa reconstrucción siguen atrapados en su juego de trono, entendiendo por tal quién se arrodilla mejor ante Washington. No hay planes de recuperación integrales, ni políticas públicas pensadas desde y para el pueblo. Solo hay sumisión, solo hay propaganda, solo hay un debate estéril sobre cuándo serán las elecciones que los venezolanos ya no creemos que sean realmente nuestras.

Mientras sigamos siendo un país donde las decisiones importantes se toman en Washington y no en Caracas, donde la soberanía es una palabra vacía que los políticos usan para disfrazar su servilismo, donde la reconstrucción se subordina a los intereses de otros, no habrá recuperación posible.

No importa cuántos miles de millones de dólares lleguen en forma de convenios, si es que llegan: si el país no es dueño de su destino, esos recursos no solo se irán por el sumidero de la corrupción y la especulación, sino que servirán a los interese de otros, no los nuestros.

Y aquí es donde entra lo más importante: romper esta lógica perversa depende de nosotros, de los venezolanos comunes, los que no estamos en la lista de los que se arrodillan, de los que sabemos que el único camino es el de la unidad nacional, la organización y la dignidad.

Los terremotos nos mostraron algo que los políticos prefieren olvidar: que cuando el pueblo se organiza, cuando se ayuda, cuando se reconoce en el otro, es capaz de cosas que los poderosos no pueden controlar.

El reto es enorme, pero no es imposible. La reconstrucción física es difícil, pero no es imposible. Lo que es imposible -o al menos lo será hasta que nosotros lo decidamos- es que el país salga adelante con los mismos que lo hundieron, arrodillados ante los mismos que lo invadieron.