La transición dictada: El dilema de reconstruir la república bajo arbitraje extranjero

_ Opinión

Luis Contreras.- La instalación de la mesa de trabajo entre la Asamblea Nacional de 2015 y el Parlamento oficialista marca un punto de inflexión definitivo en la historia contemporánea de Venezuela. Bajo el estricto arbitraje del Departamento de Estado de EE.UU. y el despliegue de la Tercera Fase del Plan Rubio, el país abandona la retórica del quiebre absoluto para adentrarse en el terreno complejo, burocrático y descarnado de una transición institucional dictada desde fuera.

No estamos ante una victoria épica nacida del seno de la sociedad civil, sino ante un escenario de cohabitación obligada donde la reconstrucción de la república se ejecuta bajo el diseño y los plazos de una potencia extranjera.

Para la psiquis colectiva del venezolano, tanto en el territorio nacional como en la diáspora de más de ocho millones de personas, este proceso impone una maduración psicológica cargada de contradicciones.

Las masas, fatigadas por años de polarización, traumas multifactoriales y el impacto reciente de desastres ambientales, procesan el escenario desde un pragmatismo escéptico.

La voluntad de cambio ha mutado de manera drástica: ya no se busca la catarsis de la rebelión popular, sino la predictibilidad de la vida cotidiana, la estabilización del bolsillo y el retorno de las garantías constitucionales mínimas, aceptando el amargo precio de perder la autonomía en el proceso.

El nuevo mapa de poder expone fracturas identitarias profundas en los actores políticos locales.

Los seguidores del gobierno interino enfrentan la disonancia cognitiva de pactar con quienes prometieron desplazar, operando desde un exilio que los mantiene desconectados del terreno.

La oposición tradicional procesa con resentimiento el centralismo de Washington, sintiendo que su resistencia interna fue relegada por una burocracia tutelada. Mientras tanto, la gran mayoría de los no alineados observa el tablero con una dualidad dolorosa: el alivio de la normalización económica frente a la herida de un orgullo nacionalista que ve la soberanía nacional arbitrada por técnicos y militares extranjeros.

El peligro supremo de esta transición dictada no radica en la presencia del árbitro extranjero, sino en la anestesia definitiva del alma nacional. Reducir nuestro futuro al diseño de un tutor externo o a los pactos de cúpulas que se sellarán el próximo 1 de agosto significaría aceptar que Venezuela ha claudicado en su derecho histórico a gobernarse a sí misma.

La república no es una franquicia que se administra ni una ruina que se entrega al mejor postor; es una herencia de dignidad que pertenece a los venezolanos de adentro y a los más de ocho millones que la sufren y la añoran en la diáspora. El reto histórico no es contemplar pasivamente cómo se reconfigura el poder, sino irrumpir con una contraloría ciudadana feroz. La verdadera soberanía y una transformación democrática real no se firman en los escritorios de la Casa Blanca ni se conceden por benevolencia diplomática; se conquistan de pie, exigiendo el derecho sagrado al voto en el exterior y garantizando que la reconstrucción del país responda al clamor de su gente y no a los hilos de un protectorado internacional.