Canibalismo eléctrico: el precio de la reactivación petrolera

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María Alejandra Cabeza Rodríguez.- Venezuela posee las mayores reservas probadas de petróleo del mundo: 303.221 millones de barriles. Sin embargo, su producción actual apenas alcanza el millón de barriles diarios, muy lejos de los 3,5 millones que llegó a registrar a inicios de siglo.

La reactivación petrolera, impulsada por el gobierno interino y el retorno de corporaciones internacionales como Chevron, Repsol, Eni y Shell, choca contra un muro estructural: el Sistema Eléctrico Nacional (SEN) está al borde del colapso.

En marzo de 2026, al superar los 2.500 MW de carga en la región Occidental, el sistema alcanzó su límite estructural y los apagones sistémicos se dispararon. El problema no es climático; es estructural. El SEN depende en un 78% del Guri, una represa altamente vulnerable al fenómeno «Súper Niño». En paralelo, el parque térmico opera apenas al 13% de su capacidad nominal, mientras que las pérdidas en transmisión y distribución superan el 30%, alcanzando el 35% en zonas críticas.

Entre enero y marzo de 2026, la producción petrolera aumentó de 823 a 988 mil barriles diarios. Este incremento de 165 mil barriles exigió 300 MW adicionales de la red: 196 MW en Occidente y 104 MW en Oriente. Actualmente, el sector de hidrocarburos consume el 36,8% de la electricidad disponible en ambas regiones.

La respuesta estatal ha sido priorizar los activos generadores de divisas a costa de sacrificar las cargas residenciales y comerciales. Esto derivó en racionamientos de hasta 8 horas diarias y en 36 protestas registradas en el primer trimestre de 2026. La población paga la factura de la reactivación mediante apagones.

La paradoja es implacable: hay petróleo, pero escasea la energía para extraerlo. Las bombas electro-sumergibles de la Faja del Orinoco, donde se concentra el 70% de las reservas certificadas, exigen estabilidad eléctrica; cada fluctuación apaga decenas de pozos de inmediato.

La meta de 1,2 millones de barriles diarios para finales de 2026 es inviable sin inversiones paralelas en el SEN, pues requerirá unos 400 MW adicionales. Sin autogeneración dedicada, la meta petrolera resulta incompatible con la estabilidad eléctrica nacional. El sector opera bajo una lógica de suma cero: el beneficio de la industria se traduce en la pérdida de la sociedad.

Este canibalismo eléctrico institucionalizado convierte a Corpoelec en un gestor de la escasez. Para romper este círculo vicioso, se requieren cuatro acciones urgentes:

Primero, autogeneración a gran escala en los campos petroleros, aprovechando el gas asociado que hoy se quema en antorchas.

Segunda, rehabilitación profunda del parque térmico mediante capital mixto. La Planta Centro, con 2.600 MW instalados, se encuentra inoperativa y su rescate supera los 5.000 millones de dólares.

Tercero, despliegue de modelos híbridos que combinen energías renovables con respaldo térmico, aprovechando el potencial solar del país.

Cuarta, transparencia y datos abiertos para monitorear el SEN y la demanda industrial. La crisis no es meramente técnica; es un desafío de gobernanza.

El fenómeno «Súper Niño» no es el origen de la crisis, sino el catalizador que la desnuda. Sin electricidad no hay industria; sin industria no hay empleo; y sin empleo no hay futuro. La pregunta sigue abierta: ¿estamos dispuestos a pagar el costo de la inacción?

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