Petróleo sub-cero: El nuevo salario emocional

Opinión

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Dora Alarcón.— Si usted pensaba que el mayor desafío del comportamiento organizacional en Venezuela era lograr que el sueldo mínimo alcanzara para comprar un cartón de huevos, es porque no ha leído la última cartilla del modelo de gestión de recursos humanos a espaldas de la patria. En pleno siglo XXI, las grandes corporaciones y los gabinetes internacionales han rediseñado el concepto de salario emocional, demostrando que no hay mayor inyección de endorfinas para un trabajador que enterarse, por un tuit o por un decreto firmado en secreto a medianoche, de que sus pozos petroleros, su subsuelo y su futuro jurídico han sido alquilados por los próximos cien años sin que nadie le consultara ni le pidiera una copia de la cédula.

Desde la perspectiva del comportamiento organizacional, esta metodología de negociación clandestina es una obra maestra de la incertidumbre inducida. Olvídese de las encuestas de clima laboral tradicionales o de los talleres de inteligencia emocional; en el ecosistema nacional, la nueva norma es el burnout geopolítico. La cultura organizacional corporativa actual se basa en el principio de que el empleado, es decir, el ciudadano de a pie, debe experimentar una rica paleta de emociones intensas: desde el vértigo de saber que los recursos de la nación se negocian en pasillos extranjeros hasta la serena resignación de comprobar que la Constitución de la República Bolivariana de Venezuela se usa como papel de reciclaje para redactar contratos petroleros exprés.

¿Qué hay del salario emocional bajo este esquema? Absolutamente vanguardista. En lugar de días libres o bonos de productividad, el gobierno corporativo ofrece a la masa trabajadora un generoso paquete de «adrenalina soberana». ¿Para qué necesita usted estabilidad laboral o seguridad jurídica si puede disfrutar de la emocionante incógnita de si el barril de crudo que financia su maltrecho sistema de salud terminará en manos de una empresa fantasma firmada a espaldas del pueblo? Esa vibrante falta de certeza jurídica es la cúspide de la flexibilidad moderna; los trabajadores ya no sufren estrés crónico, sino un avanzado síndrome de participación pasiva en la entrega patrimonial.

Al final, las grandes mesas de negociación nos recuerdan que la verdadera paz mental laboral se alcanza cuando uno acepta ser un simple espectador de lujo en su propia tierra. Mientras los secretarios de energía extranjeros y los burócratas locales celebran con champaña los acuerdos multimillonarios, el venezolano promedio puede regresar a su puesto de trabajo con la reconfortante certeza de que su futuro está blindado… pero contra todo pronóstico lógico. ¡Todo un récord en gestión y recursos humanos!

Cuando la junta directiva decide hipotecar el subsuelo a espaldas de la plantilla, el último KPI que nos queda por cumplir es aplaudir, con una sonrisa de inteligencia emocional impecable, el remate de nuestra propia oficina.

Y usted, estimado colega corporativo, cuando le toque evaluar el clima laboral de este trimestre, ¿incluirá el remate de los activos de la nación como un bono de productividad o lo registrará directamente en la categoría de «salario emocional»?

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