Editorial: Cuando la contención se convierte en un espejismo

Opinión

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Julio A. López, editor jefe.- La pausa en los bombardeos estadounidenses contra Irán, celebrada por algunos como un primer paso hacia la desescalada, ha resultado ser más bien un respiro táctico que el principio del fin. Lo ocurrido este fin de semana en el mar Rojo y el mar Caspio desmiente cualquier lectura optimista: la guerra no se apaga, se disemina.

Durante cinco meses, el conflicto entre Estados Unidos, Israel e Irán se mantuvo, al menos nominalmente, dentro de un perímetro geográfico reconocible. Esa contención ya no existe. Los hutíes yemeníes —hasta ahora actores secundarios de esta crisis— han decidido sumarse abiertamente a la guerra de su aliado iraní, golpeando instalaciones de Aramco en Jizan y Yanbu y declarando un bloqueo naval contra Arabia Saudí. Al mismo tiempo, Teherán acusa a Ucrania de atacar uno de sus buques en el Caspio, mientras Kiev insinúa, sin desmentirlo del todo, que en efecto operó contra objetivos vinculados a Moscú y su cooperación militar con Irán.

Un conflicto que empezó como un enfrentamiento bilateral amenaza hoy con enredar a media docena de actores que hasta hace poco observaban desde la periferia. Esta expansión no es casual. Es la consecuencia lógica de una guerra prolongada sin un marco negociador creíble.

Cuando un conflicto se estanca militarmente pero no se resuelve políticamente, los actores secundarios encuentran incentivos para intervenir: los hutíes ven una oportunidad de reafirmar su relevancia regional y presionar a Riad; Ucrania halla en el Caspio un frente adicional para desgastar la logística ruso-iraní; y cada nuevo episodio alimenta narrativas de agravio que dificultan cualquier salida negociada.

Resulta revelador que la pausa estadounidense no responda a un logro diplomático, sino a preocupaciones internas: el desgaste del arsenal de defensa, el riesgo de alienar a los socios del Golfo y el temor a un golpe mayor a la economía mundial, ya tensionada por el impacto en el estrecho de Ormuz.

Son cálculos legítimos, pero también frágiles. Una pausa motivada por el agotamiento de municiones y no por una convicción estratégica puede revertirse tan rápido como se decretó, sobre todo si Teherán interpreta el silencio de Washington como debilidad antes que como apertura.

El propio mensaje de la Casa Blanca es ambiguo: se insiste en que la vía preferida es la diplomacia, pero se subraya, al mismo tiempo, que la ofensiva ya demostró “lo que ocurrirá” si Irán no negocia en serio. Es difícil construir confianza sobre una amenaza suspendida. Y mientras en Washington se debate el ritmo de los ataques, en Yemen ambos bandos de una guerra civil que llevaba tres años en pausa vuelven a movilizar tropas, reactivando una tragedia humanitaria que ya costó cientos de miles de vidas.

Lo que estos hechos dejan en evidencia es una verdad incómoda pero conocida: las guerras regionales rara vez se limitan a ser regionales. Cada actor que se asoma al conflicto —los hutíes, Ucrania, potencialmente otros— añade una variable que complica cualquier esfuerzo de mediación y multiplica los puntos de fricción que pueden encender una escalada mayor. El costo no se mide solo en instalaciones petroleras dañadas o en rutas marítimas alteradas, sino también en la creciente dificultad de encontrar, entre tantos frentes abiertos, una mesa en la que sentarse a negociar.

La comunidad internacional —y en particular quienes tienen capacidad de presión sobre las partes, desde Washington hasta Moscú— enfrenta una ventana que se estrecha. Contener esta guerra exige algo más que pausas tácticas: requiere un esfuerzo diplomático sostenido que aborde no solo el epicentro del conflicto, sino también sus ramificaciones en el mar Rojo, el Caspio y Yemen antes de que cada uno de esos frentes adquiera una lógica propia, más difícil de revertir que la disputa original.